Cuidado con los demonios

Los candidatos que participan en la contienda electoral, que aceptaron las reglas, deben apegarse al resultado.

Así como la obligación de los votantes es acudir a las urnas razonablemente informados y emitir el sufragio, los candidatos que participan en la contienda, que aceptaron las reglas —que además son disposiciones de orden público y observancia general—, deben aceptar el resultado. Lo contrario sería negar uno de los elementos centrales de la democracia.

Las últimas elecciones en España y Francia han servido para comparar nuestro sistema electoral. Es casi unánime la convicción de instaurar la segunda vuelta electoral, cuando no se obtenga 51% de los votos. Otra comparación es la utilidad de los debates entre los dos finalistas y el desperdicio de los debates multitudinarios. Los recientes encuentros de Rajoy y Rubalcaba en España y el de Sarkozy-Hollande en Francia, muestran la riqueza de un verdadero debate y no de exposiciones “hiladas” como acordaron los candidatos con el IFE.

Lo que sigue es la jornada electoral. Viene otra prueba a la civilidad democrática de los contendientes. En España y en Francia el mismo día de la jornada electoral, antes de que saliera la autoridad electoral a dar resultados, los candidatos que, conforme a las tendencias preliminares, estaban ya perdidos, aceptaron su derrota públicamente. Tanto Rubalcaba como Sarkozy salieron a anunciar al público su descalabro.

En las esperadas elecciones del pasado domingo en Grecia, donde las repercusiones globales del resultado

superaban la dimensión meramente local, los griegos aceptaron el resultado sin

mayores aspavientos. A nadie le llama la atención que el que gane celebre su triunfo y el perdedor acepte

públicamente su derrota.

No es tan sólo reconocer, sino salir inmediatamente a decirlo. Eso da solidez a un sistema electoral y muestra la civilidad democrática. Es garantía de paz, distensión y tranquilidad sociales.

López Obrador se encuentra todavía abajo en las encuestas, en buena medida por el desaguisado de 2006. Si Luis Carlos Ugalde, presidente del IFE, hubiera tenido una actuación más sensata, oportuna e inteligente, si López Obrador hubiera aceptado sus derrotas (electoral tal vez y política evidentemente), no hubiera organizado, con el contubernio de las autoridades del Distrito Federal, que permitieron/alentaron el plantón de Reforma, me imagino que estaría ahora muy cerca de ganar las próximas elecciones. Aún subsisten en el electorado dudas de su civilidad democrática. Una de las preocupaciones, uno de los temores fundados de los electores mexicanos es revivir un clima de crispación como el de hace seis años. El que pierde tiene el deber de reconocerlo y hacerlo a la brevedad. De otra manera el andamiaje institucional se cimbra y puede desquebrajarse, a partir de la inconformidad social, las tensiones y la inseguridad que amenazan al país.

Una de las elecciones más difíciles de comprender es la que Bush ganó frente a Al Gore. El vicepresidente Gore obtuvo más de medio millón de votos populares de los 105 millones que se emitieron con su contrincante. Por las reglas del sistema, todo indicaba que, a pesar de estas cifras, Gore había perdido (por no haber obtenido los votos electorales necesarios). Tomó el teléfono y llamó a la casa del gobernador de Texas para felicitarlo por su triunfo. Minutos después de la llamada sus asesores le comentaron que había irregularidades que deberían hacer valer ante los tribunales. Gore volvió a llamar para decirle a Bush, que ya celebraba festivamente su triunfo, que olvidara la llamada anterior. Habría impugnaciones.

La Suprema Corte de Estados Unidos determinó, por un voto de diferencia, que el ganador de la elección había sido George Bush. Al conocer la decisión final de la Corte, simplemente exclamó en un comunicado a la televisión: “Ahora ha hablado la Suprema Corte”. Nadie cuestionó tan cuestionable fallo y nadie hizo un plantón en la avenida Pennsylvania. Nunca se le ocurrió a Gore proclamarse como el presidente legítimo.

Estas elecciones pondrán a prueba nuestro sistema electoral. Serán oportunidad para respetar y hacer respetar las reglas que rigen los procesos democráticos. Para las dudas estarán listos los tribunales. Dejemos tranquilos a los demonios. Si López Obrador no gana los comicios de julio, tendrá una buena oportunidad para demostrar que lo de la serenidad y el amor cívico iba en serio. Un país como México, con las desigualdades y falta de oportunidades, con la pobreza de millones, necesita una izquierda profesional, confiable y responsable. No agitación estéril, sino convocatoria popular. AMLO tiene un liderazgo para servir al país, no para empujarlo al abismo. Cuidado con los demonios.

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