II Debate, sin debate
Deberían darse entre los punteros. Qué diferente hubiera sido un debate entre Peña Nieto y López Obrador.
Los debates políticos deberían ser la única fuente de confrontación directa entre candidatos. Por ello deben difundirse y organizarse en términos que permitan contrastar a los contendientes. Sin embargo, no es regla que un debate decida una elección.
Menos aún si ocurre como en México, en que participan cuatro candidatos, dos de los cuales están previamente descartados. Los debates deberían darse entre los punteros. Qué diferente hubiera sido un debate entre Peña Nieto y López Obrador.
El segundo debate reafirmó la necesidad de segunda vuelta entre dos candidatos finalistas. Es democrático propiciar la participación de todas la fuerzas políticas, pero al final, en la elección definitiva, la votación debería darse solamente entre los dos finalistas.
El debate clásico de la historia política moderna es el que sostuvieron John Kennedy y Richard Nixon. Según Gallup, Nixon y Kennedy llegaron empatados con 46% cada uno en las preferencias electorales.
El ocho por ciento restante lo ocupaban los indecisos. Se dice que lo que pasó en Chicago en septiembre de 1960 cambió el mundo. Fue la iniciación de la televisión en la política. Los lugares comunes son conocidos: un joven católico, muy rico, pero prácticamente desconocido derrotó al experimentado vicepresidente con el arma de la imagen.
Quienes oyeron el debate por radio opinaron que Nixon había ganado; quienes vieron a Kennedy radiante frente a un Nixon ojeroso, mal rasurado y peor vestido sabían que Kennedy sería presidente.
No obstante, aunque no es tan conocido un debate anterior fue el que llevó a Kennedy a la presidencia. La nominación del candidato demócrata no fue sencilla. El más viable parecía ser Lyndon B. Johnson, el líder del Senado.
Nadie pensaba que el senador Kennedy pudiera arrebatarle la nominación al experimentado texano, que además controlaba precisamente a los senadores. Johnson, temeroso de perder, arrancó tarde y Kennedy se adelantó. Al verse abajo en las encuestas, Johnson lanzó un reto para debatir con Kennedy.
Eran los días previos a la convención demócrata que seleccionaría al candidato para enfrentar a Nixon. Johnson propuso un debate con cobertura televisiva. Se daría ante los delegados de Massachusetts, el estado de Kennedy y ante los delegados texanos, que apoyaban a Lyndon. Kennedy aceptó el duelo, a pesar de ir adelante.
Sus asesores le advirtieron que cometería un error si aceptaba. Johnson pensaba que ganaría. No conocía las dotes de Kennedy, que resultó un fenómeno mediático.
Según Robert Caro, que lleva 40 años investigando y escribiendo sobre Johnson, Kennedy llegó sin delegados al debate. Solo, con su inseparable hermano Robert y un par de auxiliares, se presentó ante casi un centenar de texanos que lucían unos enormes sombreros (texanos) Stetson, acompañados de sus esposas o novias que coreaban la rima: “All the Way with LBJ”. Kennedy fue el primero en hablar.
Desarmó a Johnson al decir que no iba a discutir con él sobre los grandes asuntos en los que ambos estaban de acuerdo. “Si ganó en la convención, será sin duda por lo que he aprendido al ver actuar políticamente a Johnson durante los últimos ocho años en el senado”. “Vine a expresarle mi admiración y completo afecto y mi apoyo más decidido”, Kennedy hizo una pausa ante la expectación del público, “vengo a rendirle mi apoyo más decidido para que continúe… como líder de la mayoría en el Senado”.
Johnson, por su parte, se había preparado para atacar a Kennedy. Refirió que gracias a un trabajo de 24 horas diarias, durante seis días, había logrado sacar adelante la ley de derechos civiles.
No todos los senadores habían estado presentes para ayudarle, se quejó. “Voté —señaló— en 45 ocasiones, mientras algunos senadores —volteó a ver a Kennedy— no estuvieron presentes en 34 votaciones.” Johnson estaba desencajado mientras Kennedy paradójicamente sonreía confiado en su sonrisa.
“Me imagino —respondió Kennedy— que el senador Johnson debe referirse a otros senadores en tanto no ha mencionado mi nombre”. Yo lo quiero felicitar por su extraordinario récord en el Senado.” La audiencia reía divertida con el aplomo y sagacidad de quien sería presidente de Estados Unidos.
Kennedy dejó el podio, se acercó a Johnson y le dio un apretón de manos para la fotografía. Se despidió de la audiencia, sin dar oportunidad al contrincante a replicar. Kennedy había ganado la nominación en el debate. Kennedy era algo más que imagen. Tanto, que todavía perdura su imagen.
Entre nosotros el único debate memorable, aunque no sirvió de nada, es el que ganó Diego Fernández de Cevallos a Cuauhtémoc Cárdenas y Ernesto Zedillo, para después perder las elecciones.
El debate II del domingo no trajo nada nuevo. Fue largo, mal diseñado, con fallas técnicas en la transmisión, aburrido, tan aburrido que extrañamos a la edecán. El mejor de todos fue Solórzano, tal vez porque no es candidato.
