Muerto el rey

George W. Bush regresó a la que fue su casa para disfrutar la develación de su retrato, conforme a la tradición de EU.

En la Casa Blanca se develó el retrato de George W. Bush en una ceremonia privada. El ex presidente regresó a la que fue su casa acompañado de su esposa, padre (ex presidente George H. W. Bush), madre, hijas y un centenar de colaboradores. No acudió el vicepresidente Cheney, muy duro con Obama, a quien calificó como “la florecita de Hawai”. No se sabe si por esta animadversión o por su precario estado de salud, agravado desde que le dio un balazo accidental a un cazador amigo (fuego amigo).

El humor estadunidense estuvo presente. Obama, independientemente de que su actual campaña se basa en no repetir los errores de Bush, alabó a su predecesor por el “extraordinario valor y resolución” después de los ataques del 11 de septiembre de 2001. También le agradeció la contratación de canales deportivos de cable que le heredó en la televisión presidencial y que usa a menudo.

Bush, correcto, le dio las gracias por darle de comer a 14 miembros de su familia y exhortó a sus ex colaboradores a que se comportaran. No ensalzó la política de Obama. Le recordó a Michelle que en 1814 los soldados británicos incendiaron la Casa Blanca. La esposa del presidente Madison salvó del fuego el retrato de otro presidente, George, el mismo Washington. “Ahora, Michelle, si algo pasa —le dijo señalando su propio retrato—, aquí está tu hombre”.

Conforme a la tradición que existe de que los presidentes estadunidenses, cuando enfrentan un conflicto de dimensión mayor, acuden al retrato de George Washington para solicitar la inspiración republicana, Bush le sugirió a Obama que cuando se encuentre en problemas puede preguntarse al ver su retrato “¿Qué es lo que George haría?”

Las crónicas refieren que la ceremonia fue graciosa, bipartita y hasta amistosa. No ha sido siempre así. Algunos presidentes guardaron los retratos de sus antecesores para evitar tener que invitarlos y departir con ellos.

En la Suprema Corte de Estados Unidos existe una galería de esculturas con los bustos de los presidentes de la Corte. A Roger Taney, al que le correspondió la decisión a favor de la esclavitud que inició la Guerra Civil, se le negó este honor durante años. En 1865, al año de su muerte, se propuso al senado la asignación de fondos para la erección de un busto con su efigie. Un senador se opuso a la propuesta; declaró que su memoria debería arrancarse para siempre de la historia.

En Los Pinos, residencia oficial, hay una calzada de los presidentes. El público no puede verla salvo que tenga internet. Empieza con una escultura de Lázaro Cárdenas y termina con la de Vicente Fox. La de Calderón tendrá que colocarla el próximo presidente. Si Andrés Manuel López Obrador gana los comicios, la casa de Los Pinos dejará de ser residencia oficial, pues él viviría en Palacio Nacional. Es probable que podamos entonces conocer la calzada, si es que AMLO convierte esa casa en un museo presidencial.

Históricamente el trato entre los funcionarios que se van y los que los sustituyen no ha sido muy civilizado. Los ejemplos son elocuentes: Cárdenas, con Calles; Ruíz Cortínez, con Alemán; Echeverría, con Díaz Ordaz; De la Madrid, con López Portillo; Salinas, con De la Madrid, y Zedillo, con Salinas. Los panistas han sido más correctos con sus antecesores. ¿Cómo le irá a Calderón? Sólo las urnas lo saben. En la UNAM existe una tradición de retratos de rectores. En la Galería de Rectores en el Palacio de Minería hay un salón con tales imágenes. El rector en turno convoca a los universitarios distinguidos —generalmente los de su mismo grupo político— para ubicar el retrato del rector anterior. Éste encarga su retrato a algún artista de su elección. Las firmas de los artistas hacen de la Galería una sala de retratistas mexicanos que envidiaría cualquier museo: Chávez Morado, Vlady, Jorge González Camarena, Pablo OHiggins, Carlos Orozco Romero, Luis Nishizawa, Manuel Rodríguez Lozano, Gerardo Cantú, Arnold Belkin, Olga Costa.

Esta práctica de honrar al que se fue está generalizada. En los palacios de gobierno hay galerías de gobernadores; en las presidencias municipales, las de los ediles; en las empresas privadas, las de sus presidentes. Cuentan que existen hasta galerías de ex maridos en casas de viudas ricas.

En la Calzada de los Presidentes habrá de colocarse una nueva estatua, la de Felipe Calderón. Más allá de lo aparentemente trivial que resultan retratos, bustos y estatuas alusivas a quienes ocuparon un cargo, la costumbre de rendir homenaje a quien dedicó parte de su vida a servir a un país, universidad, proyecto político, académico, social o empresarial contribuye a la civilidad y buenas maneras políticas que tanta falta hacen a una democracia, particularmente cuando ésta se encuentra —como la nuestra— apenas en la obra negra. Democracia en obra negra requiere ingenieros honorables y de buena fe.

 

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