Carlos Fuentes, mexicano universal

Fuentes refiere que Stendhal le hizo pensar la propuesta de que el Código Napoleón es el mejor modelo para escribir.

La partida de Carlos Fuentes fue algo inesperado. Creíamos ingenuamente que sería inmortal. Lo cierto es que se ha ido y deja al país en una suerte de orfandad política y literaria. Fuentes es un mexicano universal. Los restantes mexicanos universales que viven son contados y sus méritos, sean crematísticos o deportivos, son de distinta dimensión.

En las letras universales Carlos Fuentes es comparable con Octavio Paz, Alfonso Reyes, Sor Juana o Juan Ruiz de Alarcón. En lo mexicano está por encima de ellos por su adhesión a nuestro país.

Hace unas semanas se habían adelantado a Carlos Fuentes, otros mexicanos excepcionales: Jorge Carpizo y Miguel de la Madrid. Los tres se fueron, como si la historia que los había reunido en momentos estelares de sus vidas los hubiera vuelto a convocar. Los tres alumnos de Mario de la Cueva. Uno de los más admirables profesores universitarios.

Al evocarlos no puedo olvidar el sello de Mario de la Cueva en las vidas de Carpizo, De la Madrid y Fuentes, como en otros discípulos del profesor de Teoría del Estado, Derecho del Trabajo y Derecho Constitucional: Porfirio Muñoz Ledo, Jesús Reyes Heroles, Sergio García Ramírez, Víctor Flores Olea, Néstor de Buen, Sergio Pitol, Javier Wimer y tantos otros abogados que identificaron a Carlos Fuentes como un colega, aun cuando nunca hubiera pisado un tribunal.

La biografía de Fuentes lo llevó a ser universal, pero ante todo su temperamento y talento. Lo puede uno imaginar en su ingreso a la Facultad de Derecho de la UNAM en los 40 altos (1948), después de haber vivido el mundo diplomático acompañando a su padre en el exterior. En la Facultad, todavía en San Ildefonso, el aprendizaje de memoria, los apuntes de algún taquígrafo mal reproducidos en mimeógrafo, el estudio árido, la lógica jurídica, la disciplina formal sin cabida para la imaginación del novelista que esperaba la hoja en blanco para escribir los relatos más apasionantes y apasionados del México de los cincuenta. 

Después de un año en que Fuentes fue a Francia y Suiza a estudiar y trabajar descubrió que quería ser escritor y no abogado. En algún relato autobiográfico Fuentes refiere que Stendhal le hizo pensar la propuesta de que el Código Napoleón es el mejor modelo para escribir novelas. Qué bueno que no siguió el consejo. A su regreso a México en 1951, Fuentes encontró un país de arribistas con una insaciable sed de poder y de dinero, sabedores de que jamás serían llamados a cuentas. Es probable que a partir de entonces decidiera ser la voz crítica del país que tanto amó. Una reflexión de Fuentes viene a cuento. La generación anterior a Fuentes se expresaba, como sucedía entonces, a través de revistas. La revista de esa época era Tierra Nueva. Sus integrantes se reunían alrededor del maestro de la Cueva, que animaba el proyecto. José Luis Martínez, el crítico literario, Alí Chumacero, extraordinario poeta, Jorge González Durán, poeta clásico, Leopoldo Zea el historiador de la filosofía.

Fue el noble sentimiento de la envidia a esa generación el que provocó lo que se conocería después como la generación de Medio Siglo, cuyo ícono es precisamente Carlos Fuentes. Sus integrantes querían ser escritores, políticos, juristas, abogados, periodistas. Mario de la Cueva ayudó a todos, además de impulsar la revista Medio Siglo.

Carlos Fuentes preguntaba si la generación de Medio Siglo podía competir con Tierra Nueva. Escribió: “¿Íbamos a ser tan chingones como ellos? ¿Más? ¿Menos?¿Íbamos a ganar a la generación favorita del maestro De la Cueva? ¿Íbamos a estar a la altura del maestro, de sus exigencias, de su soledad, de su espera?”

A más de 60 años de distancia me parece que el maestro De la Cueva estaría muy orgulloso de Carlos Fuentes y su generación de Medio Siglo. Como lo estamos todos los mexicanos de Fuentes, quien fue tal vez el último mexicano universal de los tiempos modernos.

Fue universal porque sabía de la importancia del mundo global para México. Su decisión de que sus restos sean llevados a París, cerca de sus hijos, indica su francofilia. Francia fue su atmósfera imprescindible, pero México su inspiración inagotable.

Quien visite su tumba en Montparnasse y conozca la obra de Fuentes pensará que la Academia Sueca (Svenska Akademien) le regateó el Premio Nobel, pero no la huella que deja en el Alma Mexicana, expresión con la que le gustaba caracterizar lo que distingue a los mexicanos en el mundo. Algo que Carlos Fuentes —por su evidente complejidad— no supo explicar plenamente, pero lo distinguió en el mundo global en que vivimos.

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