El debate

El duelo mexicano mostró las deficiencias democráticas. En una época de velocidad cibernética, las dos horas aburrieron.

Nadie gana los debates presidenciales. Josefina Vázquez Mota piensa que ella ganó; sólo el PAN le cree. El único ejemplo de un debate determinante en una elección es el de 1960: senador John Kennedy vs vicepresidente Richard Nixon. Este episodio es un clásico. Permanecerá como el cliché de lo que la televisión aportó a la democracia: la entrada de la política al mundo visual.

Ese debate es similar a la creencia de que Wa-

shington nunca dijo una mentira. Para los radioescuchas ganó Nixon, mientras para los televidentes, Kennedy. Éste, bien afeitado, bronceado por el sol, ataviado para la televisión, después de una siesta reparadora, maquillado como alguna de las estrellas de cine que, como su padre, también frecuentaba, mirando a la cámara, venció a Nixon sin afeitar, con la cara sudada, convaleciente de un resfriado, molesto por la operación de su rodilla que le había hecho perder peso, además de hacerlo ver incómodo, con un traje gris que le quedaba grande. 70 millones vieron esa trasmisión.

Kennedy era el niño rico que alcanzó la senaduría de Massachusetts gracias al dinero de su padre. Casi desconocido en el ámbito nacional, enfrentó al experimentado vicepresidente Nixon, que venía de aplastar previamente en otro debate, el de la cocina en Moscú, a Nikita Kruschev. (En aquella ocasión el vicepresidente Nixon, en la inauguración de una exposición americana en la Unión Soviética tuvo un altercado con el primer ministro. Nixon explicó a Nikita que la cocina doméstica que visitaban era la que podía tener cualquier estadunidense gracias al sistema capitalista. Kruschev se enojó y perdió la discusión ante un implacable Nixon). Al concluir el debate con Nixon, Kennedy, según cuenta su speech writer Ted Sorensen en su autobiografía, pidió una moneda para llamar de un teléfono público a su papá y consultar su opinión.

Kennedy tenía “eso” que se llama carisma. Como los pitchers en el beisbol con la bola “pesada”, o los boxeadores el “punch”, algunos políticos tienen la cualidad de presidenciables. Ahora en México el presidenciable es Enrique Peña Nieto. Quadri, el desconocido, resultó ser el más articulado. Josefina Vázquez Mota muestra nueva imagen, pero ni las sonrisas le ayudan. López Obrador olvidó el amor, se quedó con sus rencores, anclado en el sexenio de Salinas.

El debate mexicano mostró las deficiencias democráticas. En una época de velocidad cibernética, las dos horas de fingido aplomo mediático aburrieron al auditorio. Lo mejor del debate fue que terminó, lo peor, que habrá otro. El verdadero ganador fue Enrique Peña Nieto, por no haber perdido.

Falta mucho a la democracia mexicana. Queda claro que no pudo el PAN en 12 años impulsar una auténtica reforma política. Uno de los pendientes es la segunda vuelta como un mecanismo de legitimación y gobernabilidad.

La segunda vuelta es una segunda elección, como ocurrió el domingo en Francia al ganar Hollande a Sarkozy. Los dos candidatos con los porcentajes más altos de votación se encuentran en una nueva contienda. Los otros candidatos quedan fuera de la elección, pero no del accionar político. Pueden no comprometer a sus seguidores o bien sumarse a uno de los contendientes. Por ejemplo, en Francia la ultraderechista Marine Le Pen que votó en blanco hubiera podido hacer ganar a Sarkozy.

La segunda vuelta legitima al ganador. Ausenta las dudas. Cuántos problemas se hubieran salvado en México si en 2006 hubiéramos dado una segunda vuelta. Se hubiera evitado la guerra contra el crimen con el diseño fallido del gobierno de Calderón con la que pretendió legitimarse. Nos hubiéramos ahorrado la demagogia de la presidencia legítima de López Obrador y los plantones de Reforma, que fueron finalmente un pasivo para la izquierda mexicana y la tumba política de aquel líder.

Los riesgos de una segunda vuelta son menores a sus beneficios: hay incertidumbre si el segundo lugar en la primera vuelta gana la segunda. En el caso hipotético de hace seis años se hubiera legitimado el triunfo de López Obrador, toda vez que no quisieron, como debió hacerse en bien de la república, contar voto por voto. Otra duda es si los que ya votaron regresarían nuevamente a las urnas.

Y una duda más: por quién votarán los que lo hicieron por candidatos perdedores.

El Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM lleva a cabo encuestas nacionales de cultura constitucional. En una de ellas, a la pregunta de qué hacer de darse una elección muy cerrada, cuatro de cada diez contestaron que debe ganar el partido que obtuvo más votos; tres de cada diez mencionaron que debería darse una segunda vuelta y menos de la cuarta parte señaló que debería hacerse un recuento.

Por lo pronto, el debate dejó claro que algo anda mal. El PRI no tuvo propiamente discusión para seleccionar a su candidato, pues Peña Nieto lo fue antes de serlo. El PAN tuvo un proceso ríspido en que ganó la menos peor. El PRD sabe que es rehén de AMLO. Éste tuvo que invocar en el debate a Juan Ramón de la Fuente, Marcelo Ebrard y Cuauhtémoc Cárdenas como activos —que indudablemente lo son— de su candidatura. ¿Qué hubiera pasado si De la Fuente o Ebrard hubieran sido el candidato del PRD a la Presidencia? Seguro hubiéramos tenido un mejor debate.

Tal vez después, un México diferente.

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