Cartagena: una nueva época

Hubo quienes creyeron en la leyenda de Obama, aquel candidato que hablaba de una nueva relación con el mundo

Al presidente Barack Obama le ha tocado presenciar el desmoronamiento definitivo de la influencia hegemónica de Estados Unidos en América Latina y el Caribe. Un resultado evidente, inocultable, de la VI Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias, Colombia, es el aislamiento estadunidense: un perfecto tiro por la culata contra la pretensión de Washington de formalizar de nuevo la exclusión de Cuba del sistema interamericano.

Con la sola excepción de Canadá, es decir, el único otro miembro no latinoamericano ni caribeño de la Organización de Estados Americanos (OEA), los jefes de Estado y de gobierno de la región se negaron a firmar un proyecto de resolución conjunta, cocinado por el Departamento de Estado, mediante el cual se pretendía revalidar la ausencia forzosa de Cuba, impuesta por Washington en la reunión de la OEA en Punta del Este, Uruguay, en enero de 1962, cuando solamente México rompió la vergonzosa unanimidad de aquel entonces.

En Cartagena acaba de ocurrir un fenómeno inesperado: tanto los gobiernos considerados de izquierda, como los de centro y los conservadores, o de derecha, hicieron frente común para rechazar el aislamiento de Cuba y, de paso, el criminal embargo al que somete Estados Unidos a la isla caribeña y que no afecta al régimen político cubano, sino al pueblo en su conjunto.

Los analistas internacionales coincidimos en que existe, a despecho de todas las dudas y consideraciones condicionadoras que se puedan manejar al respecto, una menor influencia estadunidense en la región: menor dependencia comercial y financiera; búsqueda de nuevas coincidencias políticas, tasas de crecimiento notables en varios países; y la presencia de nuevos polos de atracción, como Rusia y China, en el seno del grupo de los BRIC, donde ya se encuentra Brasil y podría acceder México, después del 1 de diciembre próximo.

De paso, la red diplomática hemisférica tejida en torno a la OEA, se ha desgastado tanto que ha quedado punto menos que inútil, como se comprobó en Cartagena, en medio de los esfuerzos por momentos patéticos del actual —y quizá último— secretario general de la organización —con sede en Washington, por cierto—, el chileno Miguel Insulza.

Las primeras rasgaduras surgieron con iniciativas subregionales coyunturales, como el Grupo de Contadora, del cual México fue motor incuestionable, cuando su política exterior le daba un merecido prestigio en el mundo. La creación de la Unasur, del Alba y, finalmente, de la Celac —Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños—, ha marcado la pauta de una integración regional sin la potencia hegemónica del norte y su fiel escudero canadiense.

Hubo todavía quienes creyeron en la leyenda de Obama, aquel candidato que hablaba de una nueva relación con América Latina y con el mundo; que ofreciera promover sin demora el desarme nuclear, propósito por el cual recibió el más vergonzoso de los premios Nobel de la Paz que se hayan entregado. Felipe Calderón, de México, dijo, por ejemplo:

“Creo que es la primera vez que un presidente de Estados Unidos permanece prácticamente todo el tiempo en la cumbre, sentado, escuchando todos los planteamientos de todos los países (...) esto fue un gesto muy valioso del presidente Obama.

El simbolismo no alcanza. La prioridad absoluta de Obama es reelegirse, lo cual no le dejó margen para hacer siquiera alguna mínima concesión en el tema de Cuba, puesto que le interesa asegurar el apoyo de los exiliados anticastristas, cuya capacidad de presión —como la de los proisraelíes— es mucho mayor que su representatividad real entre la población estadunidense.

La añeja e insidiosa cláusula democrática, que en 1962 proclamaba la incompatibilidad del marxismo-leninismo con los regímenes de un continente en el que entonces comenzaban a proliferar las dictaduras represivas de derecha, figuraba entre los propósitos de Obama en Cartagena, con la exigencia de que el gobierno cubano emprenda reformas democráticas para posibilitar su regreso al seno de una familia que ya no lo es.

América Latina y el Caribe para los latinoamericanos y caribeños: ésta es la nueva consigna.

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