Pajaritos en el alambre
El instinto innato por descubrir ha llevado al hombre a espiar a los demás y allegarse información restringida.
La curiosidad está en la naturaleza y ha sido la fuente del conocimiento, causante de muchas hazañas humanas. El instinto innato por descubrir ha llevado al hombre a espiar a los demás y allegarse información restringida. En la política, el espionaje ha sido instrumento crucial de información. Como es necesario moderar y preservar la confidencialidad de la vida privada, el espionaje se mueve en una fina línea que separa la clandestinidad de la legalidad. Es el dilema entre garantizar la seguridad o preservar las libertades. El Estado ha optado por escudriñar a los demás, aun a riesgo de violar las normas elementales que preservan los derechos individuales. El Estado ha decidido enterarse clandestinamente de “la vida de los otros”.
Éste es el título de una magnífica película alemana (Das Leben der Anderen) que expone lo que hacía la Stasi, policía de la República Democrática Alemana. Estado fallido que resultó ser no tan democrático, ni tan republicano como su nombre indicaba. Si para los totalitarismos el espionaje de la ciudadanía es signo de su vida, las llamadas democracias han caído en la inevitable tentación de espiar con el pretexto de los fines supremos del Estado y la seguridad nacional.
En Estados Unidos el FBI, antes de la creación de la CIA, tuvo como misión, además de la inteligencia política interna, desactivar los movimientos comunistas externos y perseguir a cualquier sospechoso de simpatizar con las ideas socialistas. El sistema estadunidense ha sido proverbialmente respetuoso de los derechos individuales, salvo en el pasado de quienes fueran o parecieran socialistas. Actualmente de los terroristas.
El responsable de la lucha contra los rojos fue Edgar Hoover, el creador del FBI, cuyo poder estaba sustentado en los expedientes que integró de las actividades personales, financieras, emocionales y sexuales de los políticos, gangsters, artistas y celebridades más encumbrados. Eso explica su permanencia en el cargo durante 48 años en que vio desfilar presidentes que tal vez lo odiaran, pero nunca pudieron deshacerse de él. Fue director del FBI desde que lo fundó, en 1924, hasta que la muerte lo separó del cargo, en 1972.
El periodista Tim Weiner, ganador del Premio Pulitzer, corresponsal del New York Times en México, ha publicado un libro sobre la historia del FBI, que es la historia de la actuación de J. Edgar Hoover. (Enemies, A History of the FBI, Random House, 2012). Para Weiner, Hoover no es el monstruo del mal, sino el mismo Maquiavelo vuelto a nacer, pero estadunidense del siglo XX.
El anecdotario recogió los episodios de Hoover chantajeando a presidentes con publicar los expedientes confidenciales. Generó enemigos famosos como la primera dama Eleonor, esposa de Franklin D. Roosevelt, al investigar los antecedentes políticos de su secretaria Edith Helm. La misma primera dama le escribió a Hoover, criticando sus métodos de investigación estilo Gestapo. Otro de sus enemigos fue su jefe, Robert Kennedy, que nada pudo hacer. Hoover tenía clasificados los affaires de John F. Kennedy. Con razón me dijo Ricardo Méndez Silva que hubiera sido más interesante grabar lo que sucedía en la recámara que utilizaba con Marilyn que lo acontecido en la cámara nupcial. No obstante, estas aparentes trivialidades, Hoover tenía como misión combatir a los comunistas que pretendían destruir su país.
Hoover es un personaje de novela y de película. Es altamente probable que la película J. Hoover protagonizada por Leonardo DiCaprio no haya tenido nominación alguna a los recientes premios Oscar de la Academia por razones ideológicas. El recuerdo poco grato de las múltiples investigaciones a los personajes de Hollywood conducidas por Hoover, pudo haber sido la razón para desestimar tan buena película.
Seguridad o libertades y derechos humanos parece ser el dilema de la actividad estatal de inteligencia. Fina línea que requiere habilidades y tecnología, lealtad a una causa y pocos escrúpulos. Nadie es tan fuerte y seguro como para no caer en la tentación de descubrir secretos en las líneas telefónicas, en los archivos electrónicos o en las conversaciones privadas. Los proverbiales pajaritos en el alambre según la jerga mexicana.
