El desarme y la supervivencia

Al mundo se le ha dicho una y otra vez que las armas sirven para disuadir a los enemigos y para evitar los conflictos.

En la ruta hacia la reunión del Primer Comité Preparatorio (PrepCom) de la Conferencia de Revisión de las Partes del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), que tendrá lugar del 30 de abril al 11 de mayo próximos en Viena, Austria, es oportuno recordar que la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) ha considerado, en una época anterior de indiscutible credibilidad, que ese instrumento es obsoleto.

Explicaba la AIEA que el TNP había experimentado un colapso general. Sobre la base de esta realidad, era predecible una rápida proliferación de armas nucleares entre las naciones, grupos terroristas transnacionales, el crimen organizado, e individuos con motivación ideológica, religiosa o simplemente mercenaria.

Esto ocurriría si no se creaba un nuevo sistema de no proliferación, bien estructurado, sólido y obligatorio, para remplazar al que estaba siendo gradualmente destruido por las ambiciones hegemónicas del gobierno estadunidense y sus aliados de la OTAN. Fue lo que se intentó con el nuevo TNP, a su vez, insuficiente.

Tadatoshi Akiba, ex alcalde de la ciudad mártir de Hiroshima y ex presidente de Alcaldes por la Paz, una organización que representa a más de 600 ciudades con cientos de millones de habitantes, advirtió que “estamos en contra de la idea de que alguien pudiera, por cualquier razón que considerara legítima, desatar un holocausto nuclear... Estamos en contra de la idea de que billones de dólares deban ser gastados en una destrucción nuclear total, mientras miles de millones de personas viven en las peores condiciones de pobreza, lo que hace que sus vidas estén en peligro.

“Nuestro objetivo inmediato son las armas nucleares, pero nuestra meta a largo plazo es un nuevo orden mundial... (en el cual) nadie debe asesinar o ser asesinado para defender la riqueza o el ego de su amo... en el cual no nos veamos rodeados de enemigos, asesinos, ladrones contra los cuales tengamos que defendernos…”

La verdad es que el terror nuclear “ha regido nuestras vidas desde 1945. Conforme las clases, números, métodos de distribución y dueños de las armas nucleares han proliferado, el terror se ha profundizado. El terror está profundamente enraizado, porque es muy doloroso. Durante dos o tres generaciones, hemos estado viviendo en el filo de la ecocatástrofe, la posibilidad de que desaparezca toda clase de vida en la Tierra, en un invierno nuclear creado por el hombre”.

Esta idea, expresada por la doctora Carol Wolman, eminente siquiatra estadunidense, activista por los derechos humanos y luchadora contra las armas nucleares, adquiere una nueva relevancia. Muy frecuentemente escuchamos la palabra “equilibrio” en referencia a las armas nucleares y a los arsenales, pero se utiliza de manera subjetiva.

Quienes se encuentran adelante en la carrera armamentista, sienten que hay un equilibrio porque nadie puede amenazarlos impunemente. Si todas las partes en un sistema estuvieran de acuerdo en que hay un equilibrio objetivo y cada una de ellas tuviese solamente motivos pacíficos, entonces no habría carrera armamentista. Además, la verdadera carrera armamentista es de calidad, no de cantidad.

Al mundo se le ha dicho una y otra vez, desde la Roma antigua, que las armas sirven para disuadir a los enemigos y para evitar los conflictos; que si queremos paz, debemos prepararnos para la guerra.

¿Entonces las armas no existen para ser utilizadas? Mentira. La teoría de la disuasión asume la voluntad de recurrir a ellas: si la otra parte sabe que bajo ninguna circunstancia voy a emplear mis arsenales, entonces no hay disuasión. Por tanto, cada arma está ahí para ser usada cuando se la considere necesaria.

Es un hecho que el Occidente ha vivido en una dinámica expansionista y ha proyectado su poder militar y político alrededor del mundo. No se trata de que Irak o Libia, Irán o Corea del Norte o algún otro de los que Washington denomina “Estados canallas”, hayan atacado a las naciones occidentales.

Finalmente, lo que está en riesgo es la supervivencia del género humano, en un sistema global cada vez más turbulento.

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