Hay mujeres que no podemos prender el boiler (y algunos hombres… ¡tampoco!)
Me gusta más que me arreglen las cosas, pero ya vi que sí aprendo o que si no aprendo, resuelvo.
Debo de confesar que cuando me cambié de casa pasé una semana bañándome con agua fría porque no tenía gas, hasta que llegó un ex novio, encendió un cigarro en la cocina con el gas que según yo no tenía, y prendió el boiler. Luego me hizo un instructivo verbal sobre piloto y flamas que yo olvidé en el mismo instante que le di un beso para agradecerle. Esto fue hace cuatro años.
La falta de un novio a la mano me obligó, eventualmente, a prender el boiler sola. Me costó la pestaña del ojo izquierdo y un poco de ceja, pero conseguir agua caliente ha dejado de ser un problema. Aun así, todas las demás manualidades de la casa siguen siendo una prueba insuperable. Colocar un cuadro, resolver un fusible fundido o atacar cualquier cosa que incluya cables o plomería es lo mismo que pedirme hablar en euskera.
Prefiero pagar lo que sea para tener un handyman de vez en cuando. Y sospecho que en más de una ocasión he estirado una relación con tal de desahogar todos los pendientes que tenía en casa. La realidad es que a mí me gusta resolver otro tipo de temas humanos. Por ejemplo, me encanta oír historias y replicarlas. Esto lo heredé de mi papá.
Un día, viendo el futbol escuché lo que creí era un goteo estridente. Primero pensé que era una alucinación; luego supuse que era un nuevo tipo de matraca en los estadios. Pero el incremento del ruido despejó las dudas. Me asomé al patio con el volumen bien alto de la caja estúpida, en caso de que fueran a decir mi apellido por televisión (mi hermano alineaba ese día), y vi el techo de bambú caído, y el tubo del patio roto echando chorros de agua. Caía un diluvio en mi arca, y no tenía un Noé a la mano. Me sentí como damisela en apuros. Ni idea de dónde pudiera estar la llave de paso o del funcionamiento de la bomba eléctrica.
Pero tomé al toro por los cuernos y arreglé el tema del agua trepándome a la azotea, histérica, pero efectiva: logré taponar el tinaco antes de que terminara el partido, pero no antes de que mi casa quedara convertida en Xochimilco. Ya quisiera uno en esos momentos que los grandes horrores de la vida llegaran para colocar a los pequeños horrores en su justa dimensión.
O sea que quizá si aprendo. Me gusta más que me arreglen las cosas, pero ya vi que sí aprendo o que, si no aprendo, resuelvo.
Hay cosas, sin embargo, que he aceptado que están fuera de mi zona de aprendizaje. En esa lista están:
1. Hacer croquetas apropiadamente. De las legítimas vascas.
2. Calcular, sumar, restar y entender este tipo de operaciones simples. Lo achaco a la mala educación recibida en mi carrera de “comunicóloga” —“felizóloga”—.
3. Jugar ajedrez, backgammon, cartas.
4. Hacer el lomo de mi mamá.
5. Quedarme cuando ya acabé de estar.
Lo que sí he aprendido a hacer:
1. Muy buenos postres y ensaladas.
2. Decir que no, y preservar la relación.
3. Pensar cada vez más estratégicamente y hablar cada vez más asertivamente.
4. Hablar cuando me siento triste y no quedarme sola.
5. A cuidarme, cada vez más.
6. Saber que a veces me van a decir que no. Aunque le pegue a mi ego y todo eso. Pero esto es reciente.
*Lic. en ciencias de la comunicación.
Directora de Comercialización de www.adqat.org
Twitter: @mariagpalacios
