La abismal diferencia entre contentas y satisfechas

Un año más de especial interés para la política mexicana, y pareciera que la participación política de las mujeres es un asunto nuevo. En los medios de comunicación, en las conversaciones familiares y en las redes sociales se cuestiona si estamos listas para ...

Un año más de especial interés para la política mexicana, y pareciera que la participación política de las mujeres es un asunto nuevo. En los medios de comunicación, en las conversaciones familiares y en las redes sociales se cuestiona si estamos listas para participar en los asuntos políticos.

A más de medio siglo de lucha en nuestro país y los logros han sido a cuentagotas. Para ser exacta, en los primeros años de la década de los 50 del siglo XX, la Organización de los Estados Americanos (OEA) hace un llamado a México por ser el penúltimo país en conceder el voto a las mujeres. Fue así como el trabajo de muchas mujeres logró destrabar obstáculos y romper ataduras, aunque los laureles se los llevaran ciertos personajes, más por circunstancias ajenas que por méritos propios.

En 2012 tampoco fue la excepción, y es que, ¿cómo quitar el dedo del reglón cuando sigo escuchando que “se lo tienen que ganar”?, ¿cuándo y cómo fue que los hombres se ganaron el derecho a la participación política? ¿Es difícil entender que es una lucha por el reconocimiento de nuestros derechos, por la eliminación de los obstáculos que nos impiden su ejercicio, y no contra los hombres por ser hombres?

Aportamos ingresos en siete de cada diez hogares y, de manera simultánea, realizamos tareas del hogar y el cuidado de los demás, actividades cuyo valor representa 22% del Producto Interno Bruto. Somos pioneras en el avance de la agenda de género; por eso nuestras voces se deben escuchar para tomar decisiones.

Cómo no dejar de insistir si, a poco más de 50 años de que llegó la primera mujer a la Cámara de Diputados, ¡sólo tenemos una representación de 23%! Es para reflexionar que sólo en los últimos 25 años la presencia de las mujeres en la Cámara ha aumentado nada más o poco más de diez por ciento, y poco más de 10.5% en la LIII Legislatura.

Pasa por mi mente nunca cesar en mi trabajo, y más cuando, como en las pasadas elecciones, la cultura de la discriminación llevó a varias mujeres a renunciar a sus curules, o cuando supe que 2% del presupuesto asignado a los partidos para la capacitación y el fortalecimiento de liderazgos de las mujeres, se utilizó para, entre otras cosas, comprar escobas. Voy a los municipios y la raíz de las políticas sociales ejercidas provienen de las ideas de una mujer; sin embargo, menos de cinco por ciento de las presidencias municipales tienen como titular a una de ellas.

No puede hablarse de poco interés porque en las elecciones de 2009 votamos en promedio diez por ciento más que los hombres. El impulso a las candidaturas de las mujeres y su interés de participar es una cosa y el garantizar igualdad de condiciones, otra. No nos confundamos. No aceptemos el pretexto de “no quieren”. Si algo sabemos hacer bien es política y en todo el espectro posible. Somos lideresas en nuestras comunidades y hemos fortalecido la política desde la presidencia en varios países latinos. Cualquier razón para frenarnos es un pretexto, una miopía que impide mirar la gran oportunidad de México para avanzar.

Si me preguntan: Rocío, ¿las mujeres están contentas? Diré que sí, porque cualquier avance es un logro; sin embargo, distingo entre estar contenta y estar satisfecha. Falta mucho por cambiar: las reglas del juego, la cultura, la forma en que convivimos y concebimos la distribución del poder. Sé que siempre existiremos mujeres que seguiremos luchando por lo que nos corresponde y que, estoy segura, no tardaremos en obtener: igualdad en todos los sentidos posibles.

                *Presidenta del Instituto             Nacional de las Mujeres

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