Veracruz: la tentación del odio

No hay nada más riesgoso que alimentar el odio y justificar la violencia desde las instituciones y los cargos públicos.

La escena de los 35 cuerpos arrojados a plena luz del día en la vía pública en Boca del Río es espeluznante. Por desgracia el umbral del dolor emocional entre los mexicanos ante estas brutalidades es cada vez más alto, como consecuencia de la proliferación de crímenes que, día con día, en diferentes lugares del país, revelan que la violencia y la crueldad desatadas no conocen límites. Pero Veracruz tiene un ingrediente adicional: las declaraciones del gobernador Javier Duarte ante los hechos de la semana pasada. Sus palabras, ambiguas e inopinadas, entrañan una nueva amenaza en un contexto donde la seguridad, la integridad y la vida de las personas han alcanzado niveles de vulnerabilidad alarmantes. Me refiero a la tentación manifiesta de reconocer en la violencia, desde el poder público, una forma natural de enfrentar la violencia, al margen de la ley y las instituciones, o al menos la pretensión de minimizar la gravedad de los crímenes cuando las víctimas son presuntamente criminales, como si se tratara de una fatalidad irrelevante.

Si bien es perfectamente explicable —y necesario— el sentimiento de repudio social contra los criminales y sus atrocidades, no hay nada más riesgoso que alimentar el odio y justificar la violencia desde las instituciones y los cargos públicos encargados de garantizar la legalidad y los derechos de las personas. Cuando Duarte dijo que “este hecho confirma esta triste realidad, los que eligen mal, terminan mal…”, habló como si fuera policía, ministerio público, juez y predicador al mismo tiempo, muy lejos de su responsabilidad como gobernante en una democracia constitucional, resumiendo y suplantando en un instante lo que, conforme a las leyes, corresponde a diversas autoridades, mediante procesos que deben observar normas y garantías. Y aunque después señaló que habían sido mal interpretadas sus palabras, lo cierto es que en ellas dejó ver el sentido y los impulsos primarios de una concepción de las cosas y un talante poco comprometidos con los valores de la legalidad, la justicia y los derechos humanos.

Si la autoridad no muestra absoluta firmeza y claridad en su convicción y apego a los principios y valores del constitucionalismo moderno, donde lo más importante es proteger los derechos de las personas, sus declaraciones y actuación pueden mandar señales equivocadas, incentivando la tentación del odio y la desviación de hacer justicia por mano propia, algo que, en otros países, señaladamente Brasil, llevó hace tres décadas a la creación y justificación de los escuadrones de la muerte, una estrategia criminal contra el crimen, ética, política y jurídicamente inadmisible, cuyos saldos, entre otras cosas, arrojan el asesinato de miles de niños y jóvenes de las favelas de Río de Janeiro y Sao Paulo.

        *Socio consultor de Consultiva

            abegne.guerra@gmail.com

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