Hacer lo mismo y esperar cosas distintas
Este año el paquete financiero contiene muy poca innovación. Se seguirá recaudando y gastando de la misma forma en que se ha venido haciendo ya por muchos años con resultados pobres cuando no deplorables.
En México tenemos la manía de esperar resultados distintos, cuando no cambiamos ni un ápice nuestra manera de hacer las cosas. Esto es cierto en muchos ámbitos de nuestra vida pública pero lo es especialmente en materia presupuestal.
Este año el paquete financiero contiene muy poca innovación. Se seguirá recaudando y gastando de la misma forma en que se ha venido haciendo ya por muchos años con resultados pobres cuando no deplorables. A pesar de la evidencia, no sólo documental sino también tangible en nuestro entorno cercano, de que la nación se deteriora en aspectos fundamentales como la seguridad y el empleo y que los logros son magros en términos de crecimiento, educación y salud, la propuesta de presupuesto del Ejecutivo no toma nota de estas realidades y simplemente reproduce inercialmente lo que se ha venido haciendo en el pasado, con pequeños cambios en el margen.
Con este presupuesto el Ejecutivo de plano tiró la toalla. Que sean sus predecesores los que se hagan bolas con una hacienda pública que recauda muy poco de pocos y con un gasto que no saca a nuestros pobres de la pobreza, que no reduce las brechas de desigualdad pero tampoco apuntala las condiciones para elevar la productividad de la economía y su crecimiento. No esperemos entonces resultados distintos si continuamos haciendo las cosas de la misma manera.
En buena medida los problemas de nuestro presupuesto surgen de dos fuentes.
La primera de un paradigma que dicta que hacer buena política de presupuesto estriba en mantener las cuentas en orden. Ciertamente esta es una premisa fundamental para el manejo financiero de un país. Nuestras propias crisis del pasado y las que hoy vemos esparcirse por el mundo, deben dejarnos claro que un manejo responsable de las finanzas públicas resulta fundamental para la estabilidad. Realmente es la precondición de todo lo demás. Nuestro problema es que no logramos superar ese paradigma que ha convertido a nuestros gobernantes, o al menos los encargados de los aspectos fiscales y financieros de la nación, en buenos administradores de los deberes y haberes en una hoja de balance, pero no en los estadistas que el país necesita. Aquellos que con los recursos disponibles potencian la frontera de posibilidades del país.
En el turbulento entorno internacional no es poca cosa contar con finanzas públicas sanas, con niveles de endeudamiento razonables y manejables. Y debe reconocerse en todo lo que vale el que el Ejecutivo federal se haya mantenido lejos de toda tentación de elevar su popularidad abriendo las llaves del gasto irresponsable. Pero para que este país mejore es necesario hacer más que mantener las cuentas en orden y en este punto la presente administración se ha quedado muy corta.
El segundo aspecto tiene que ver con nuestras instituciones presupuestales, que incluyen la planeación, la integración del presupuesto mismo, su ejercicio, su control y fiscalización y la evaluación de resultados. Este ciclo que debiera estar marchando como relojito, en México está completamente fragmentado y no es funcional. Las decisiones en materia de asignación de gasto no se orientan por metas concretas de lo que queremos lograr en un plazo determinado, no hay criterios de eficiencia, vaya: no existe siquiera una contabilidad que nos permita llegar al cálculo unitario de costos por servicio o bien producido. Tampoco se orienta por los resultados de los programas vigentes. Las evaluaciones continúan siendo un requisito legal a cumplir en una fracción minoritaria de programas obligados a realizarlas, no en una fuente de información para tomar decisiones y poner el dinero donde más rendimientos genera. Año tras año seguimos canalizando recursos a programas y sectores que los chupan sin dejar nada a cambio más que clientelas y grupos políticos satisfechos.
Se han introducido algunos elementos para contar con un presupuesto por resultados, pero su fase es incipiente además de medir actividades más que resultados. Sí ha provocado una burocratización de procesos pero no mayor calidad en el gasto. Tampoco se toman en cuenta el trabajo de la auditoría que ofrece “toneladas de insumos” para informar decisiones en esta materia. En fin, estamos todavía en una fase de inmadurez en estos procesos y si esto es así a nivel federal, donde algunos avances se palpan, en algunas entidades federativas nos encontramos en la prehistoria política, en la que ejecutivos estatales controlan de manera descarada aquellas instancias que debieran tener autonomía para fungir como contrapesos en las tareas de vigilar el ejercicio del gasto y sancionar sus malos manejos. Hay más de un “Moreira” en el mapa nacional y la propensión es a que se reproduzcan y no lo contrario.
Los focos de alertan están prendidos desde hace tiempo pero nadie ha querido entrarle. ¿Hasta cuándo?
*Directora de México Evalúa,
Centro de análisis de Políticas Públicas
