Los nuevos secretarios

En la administración pública se aprende a hacer funcionar la cosa pública.

Recientemente fueron designados tres nuevos secretarios del gabinete presidencial. Dos de ellos son hijos de buenos amigos míos. En la regla normal de la vida. Anteriormente, los secretarios eran mis amigos. Y mucho antes, eran amigos de mi padre y no míos. Cuando yo nací, mi padre era un amigo íntimo y uno de los más fuertes asociados políticos del entonces Presidente de México. Pero cuando mi padre murió, 50 años después, el ya Presidente fue al funeral a darme el pésame. Lo hizo porque era mi amigo y mi jefe, pero a mi padre nunca lo conoció. Repito que esa es la ley de la vida.

 Sin embargo, hay cosas que nunca cambian. Una de ellas es la naturaleza del encargo ministerial. Una de las esenciales la decía Dean Acheson cuando señalaba que lo más importante que debe saber un secretario es cómo es el Presidente.

La administración pública es el espacio insuperable para ejercitar las cualidades creativas. Para conocer a fondo los problemas específicos. Para el diagnóstico y la selección de soluciones. Para implementar lo que es posible y desechar lo utópico. Para ser el puente de unión entre las exigencias sociales, los compromisos de la política y las recomendaciones de la sensatez.

Es en la administración pública donde se aprende a hacer funcionar la cosa pública a como dé lugar. Sin recursos, sin apoyos, sin comprensiones, sin las personas más idóneas, sin tecnología, sin equipamiento y, muchas veces, sin soportes normativos ni apuntalamientos políticos. No es un taller de concesionaria automotriz donde se reparan los automóviles importados, donde se utilizan refacciones de catálogo ineludible, herramientas de precisión tecnológica y mecánicos entrenados quién sabe dónde.

Nada de eso. Se trata más bien de un pequeño tallercito de “talachas” artesanales donde se reparan “carcachitas”. Donde se usan las refacciones nuevas o usadas que se pueden encontrar y que se pueden pagar. Donde el maestro mecánico dispone de algunas herramientas modestas. Y donde se auxilia de ayudantes que medio van aprendiendo y que faltan dos veces por semana al trabajo.

El buen funcionario público mexicano se parece a aquellos cirujanos de hospitalito rural del Seguro Social que, muchas veces, saben más de cómo hacer funcionar el organismo humano que renombradísimas estrellas de los centros hospitalarios de Houston y de Baltimore.

Por eso, cuando los secretarios de Estado, los procuradores, los subprocuradores, los subsecretarios, los directores y los jefes de paraestatales han aprendido a hacer bien su trabajo, se vuelven poderosísimos, respetadísimos y casi imprescindibles.

Por esas características, la administración pública es una escuela donde se aprende a trabajar con lo que se tiene y no necesariamente con lo que se quiere. En ella se aprende a trabajar con rapidez, a desarrollar capacidad de síntesis, diagnosticar el fondo de los problemas, imaginar soluciones múltiples, atender a un público numeroso, guardar secretos, conservar distancias y muchas otras aptitudes.

Pero una de las más importantes cuestiones que tiene que resolverse a sí mismo todo funcionario es la razón de su designación. Los motivos que impulsaron a quien hizo el nombramiento. Las circunstancias en las que ésta se dio. Si ello fue el resultado de una concienzuda evaluación de méritos, si fue el pago de una deuda laboral o política, si fue una calculada alianza de grupos, si fue el depósito de una confianza personal, si fue un favoritismo amiguero o si fue porque no había de otra.

En la medida en que el designado aprenda a conocer la razón de su nominación sabrá, también, lo que se espera de él, lo que debe cumplir y, en muchas ocasiones, llegará hasta adivinar, con precisión cronométrica, cuándo terminará su guardia.

Del aprovechamiento de las propias aptitudes y de las circunstancias en que se dan, depende una buena dosis del factor de éxito. 

        *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

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            twitter: @jeromeroapis

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