A noche tuve un sueño, un sueño que me estremeció hasta las vísceras, que me llenó de miedo y de reflexiones, que me ha mantenido nerviosa lo que llevo del día, que me hace pensar en lo terrorífico que debe ser vivirlo realmente, que me desgasta, me angustia.
Estaba en un restaurante en donde vendían baguettes, una casita campestre con dos buenos amigos. Allí platicábamos cuando uno de ellos se levantó estrepitosamente de la mesa y nos dijo “¡corran, vámonos de aquí!” Me apresuré a agarrar mi cartera y cuando salí, intentando alcanzarlos, me encontré en la mitad de una balacera de dos bandos de sicarios; eran como ocho contra diez mirándose de frente y empuñando pistolas calientes y humeantes. Me tiré al piso lentamente, como queriendo que no se percataran de mi presencia, mi corazón iba a explotar, cerré los ojos pecho tierra y pedí por mi vida, escuchaba los tiros cerca, sentía mi vida pender de un hilo. El pánico me hizo pensar que era una buena idea arrastrarme por el suelo para escapar de la balacera; me arrastraba como podía hasta lograr llegar del otro lado del restaurante, en donde un hombre puso su pesada mano en mi espalda mientras me decía que me quedara quieta o me matarían, mi corazón retumbaba sobre la palma que me apretaba contra el piso, mi respiración se aceleraba; tenía ganas de gritar, salir corriendo, levantarme de allí y echarme un volado de vida, pero no escuchar más los gritos de revólveres explotando sin control.
Entonces llegó un sicario con botas verde militar, era lo único que podía ver de él, me colocó el arma en la nuca y gritó un par de cosas; me iba a matar. El que me detenía por la espalda le dijo “no la mate que ella está sana, mire que está quieta, sólo está muy nerviosa”. La vida me comenzó a pasar por la mente, mis padres, mi familia, mis amigos, cada segundo que había sonreído, que había llorado, me preguntaba por qué tendría que terminar así, siendo arrebatada del mundo por un ser que ni sabía mi nombre, sólo por violencia.
Todo el ruido desapareció, únicamente escuchaba el fuerte tamboreo de mi corazón en el pecho, disfrutaba su latir, pues estaba segura que no lo volvería a escuchar. Desperté. Un miedo real se apoderó de mí, una paranoia espantosa que saboreé al salir a comprar mi café de la mañana. Mientras paseaba a mi perrita tuve miedo de que algo malo pasara, de que esas pesadillas que se hacen realidad en los periódicos me tocara a mí. Pensé en los muertos que ha cobrado la violencia, en mi segunda patria, Colombia, en su pasado, presente y hoy de mi México que se consume en las garras del narcotráfico. Pensé en Monterrey, en los que murieron calcinados una noche que decidieron ir a divertirse. Pensé en Ciudad Juárez, en los que aparecen colgados, en los que salen libres de las cárceles por la corrupción. Pensé en nuestro destino si alguien no pone un alto a lo que estamos viviendo. Yo no sé qué se tiene que hacer; no sé cuál sea la solución para que inocentes dejen de morir, pero estoy segura que hay una forma de hacerlo, sólo que a nadie le conviene, empezando por Estados Unidos. Se escudan pensando que la legalización podría ser el acabose, por lo menos ya no habría muertos inocentes, pero es que eso no les conviene... Entonces, ¿qué es lo que nos conviene? ¿Que nos digan que el 15 de septiembre nos encerremos en casa? ¿Que los chicos dejen de salir a antros y a caminar por las calles? Quiero saber qué es exactamente a lo que se refieren cuando abanderan argumentos moralinos que avalan el derramamiento de sangre que hoy sufre México. Y es que el narcotráfico es un mal del tercer mundo: ¿cuándo pegaremos el brinco al primer escalón?
Yo quiero despertar y estoy segura que muchos más se unirían a mi deseo de abrir los ojos de la pesadilla que hoy estamos viviendo.
¡Ya basta de que escurra sangre!
alasdeorquidea
facebook.com/alasdeorquidea
alasdeorquideagmail.com
