México, no te rajes
La decisión que tomó el gobierno del presidente Felipe Calderón de enfrentar al narcotráfico fue la correcta, como camino para salvar la democracia
A los colombianos nos duele como a ninguno el dolor y el sufrimiento de la nación mexicana. Estoy convencido de que en una vida anterior fuimos el mismo pueblo.
Por donde se mire, el artero asesinato en Monterrey es un acto de terrorismo: es tanto un acto de violencia como una amenaza de seguir usándola. El efecto sicológico sobre toda la población es tan buscado como el acto mismo de sangre. El terrorismo es teatro: su audiencia no eran las inocentes víctimas que asistían a un casino, sino amedrentar y paralizar a la población mexicana.
Dos reacciones de mis hermanos mexicanos me han sorprendido. La primera, la de la solidaridad nacional, aquella que dice desde el DF “esto también es conmigo”; esas voces de las gentes del barrio que quieren marchar y gritar “basta”. Los incrédulos dirán que eso no va a parar a los narcos de seguir asesinando, y eso es cierto. Pero es que eso no es el objetivo: lo que busca es que un pueblo se levante frente a la caída, sienta que no está solo y que hay una luz al final del túnel. Lo que se busca recuperar es la esperanza. Y eso es todo en la lucha contra el terror.
Pero también me sorprende que algunas voces hagan un llamado a una tregua con el narco. Como estrategia, por mi experiencia, es equivocada. Si es por miedo, peor. En Colombia intentamos inútilmente el atajo. Todos quisiéramos el camino del diálogo si verdaderamente ahorrara sangre. Pero en los esfuerzos nuestros con las guerrillas, los paramilitares o con los narcos, el Estado siempre fue burlado. Los incentivos para continuar el delito son demasiado poderosos y mientras éstos no desaparezcan, el único que termina inmovilizado es el gobierno a su obligación constitucional de defender la vida.
La decisión que tomó el gobierno del presidente Calderón de enfrentar al narcotráfico fue la decisión correcta. Se puede discutir mucho sobre la forma, pero para los colombianos que pasamos por esos momentos, el fondo de combatir y no entregarse es el único camino para salvar la democracia. Lo otro es claudicar y entregarla al poder económico y político del narcotráfico. Entre otras cosas el Estado no tiene nada que ofrecerle a éste para que deje la violencia. Ni siquiera la negociación de penas, porque el cálculo racional para el narco es que la justicia no le llega y si le llega, el logro económico que ha alcanzado no tiene precio. Al narcotráfico hay que acorralarlo: no conozco otro arrepentimiento que el del derrotado.
¿Cómo hacerlo? Los colombianos no tenemos una “bala de plata” para eliminar el narcotráfico, pero sí una experiencia que queremos compartir. En el largo plazo, no me cabe ninguna duda que hay que regularizar (no legalizar) el mercado de las drogas y mirar el consumo desde una óptica de salud pública y no como un delito. Para ello hay que mirar con seriedad las recomendaciones de los expresidentes Cardozo, Gaviria y Zedillo. También debemos meternos de fondo en formar una cultura de legalidad en nuestros países. Pero como en el largo plazo todos estamos muertos, como decía Keynes, los colombianos tomamos unas medidas que nos resultaron exitosas.
El Estado necesita victorias tempranas, que vayan aislando el poder económico del narco y cohesionen a la sociedad contra el delito. La más importante de ellas es ganar la guerra contra la extorsión y el secuestro. Diversos estudios han mostrado que no hay un delito que más afecte la sociedad, la familia y la inversión privada.
Las primeras victorias en mi país fueron pasar de dos mil 882 secuestros en 2002 a 193 este año. Se crearon cuerpos especializados contra ese delito, acompañados de fiscales; se trasladaron recursos de la guerra contra los narcos a la lucha contra el secuestro; se formó personal tanto en la Policía como en el Ejército y se asignaron grupos por estados y ciudades grandes con el mejor equipamiento, recursos, metas claras y estímulos salariales.
Creamos medidas legales que nos permitieron retirar a los miembros de la policía sospechosos de corrupción, sobre la base del principio de la “verdad sabida y buena fe guardada” y no tras interminables procesos judiciales. Eso nos permitió depurar las instituciones rápidamente para enfrentar el narcotráfico.
Fuimos detrás de los políticos, jueces y testaferros del narcotráfico. Disminuido su poder político y perseguidos por la policía, optaron por trasladar su cuartel de operaciones a otros países.
A líderes en los barrios y pueblos, a través de lo que llamamos la “red de cooperantes”, se les dotó de celulares con comunicación directa con las fuerzas policiales, lo que se constituyó en la mejor fuente de información para prevenir las acciones delincuenciales.
Hay luz al final del túnel. Lo importante, como diría un estadista, es encontrar el túnel. Y México nos ha enseñado a los latinoamericanos que en esa búsqueda no se raja.
*Ex viceministro colombiano de Defensa y ex consejero presidencial para las Comunicaciones de Álvaro Uribe
