Civilizar a México
Trascienden la descomposición social y política y el debate conceptual.
La corrupción, la intolerancia, el odio, la violencia y la impunidad son desviaciones consustanciales al poder y, por lo tanto, a la naturaleza humana. Aun en los episodios más gratificantes de las luchas y los logros a favor de la libertad, la igualdad y la dignidad de las personas —la Roma de Adriano o la Revolución Francesa, la rebeldía pacífica de Gandhi o el liderazgo firme y sensible de Mandela—, esas desviaciones han estado ahí, quizá para recordarnos a los demás, en otros lugares y otros tiempos, que la contención de las más desorbitadas ambiciones y los más crueles comportamientos del hombre no es factible sin transformaciones colectivas. La civilización, lejos de la concepción colonialista y violenta de los antiguos o los más modernos imperios, significa precisamente eso: la contención de las distintas formas de poder contrarias a la dignidad humana dentro de un marco de principios dirigidos a garantizar la vida, la libertad y la igualdad entre las personas, sin distinción.
Las vidas cruelmente segadas en Monterrey, como todas las vidas perdidas en esta ola de violencia que nos ahoga, revelan un nivel de descomposición social y política que, sin ignorarla, trasciende la dimensión de la seguridad en la que ha sido inscrito el desafío del crimen organizado. Trasciende también el errático debate conceptual sobre la frontera entre la violencia criminal y el terrorismo. Lo que estamos viviendo es un problema más grave e importante: la carencia de una civilidad elemental, un piso de legalidad eficaz e incluyente, un compromiso general, asumido en la conciencia y las prácticas cotidianas, con los principios del constitucionalismo democrático, con la garantía universal y el ejercicio real de los derechos y las libertades.
En contraste con los valores y conductas de una vida colectiva fundada en la legalidad, la pluralidad y la equidad, hemos hecho de nuestro país el reino de la desigualdad, la arbitrariedad y la violación descarada e impune de la ley, empezando por los más poderosos, donde el desenlace fatal es la violencia. ¿Acaso no fueron incubados aquí, entre nosotros, en algún barrio miserable o un pueblo abandonado a su suerte, tan cerca y tan lejos de nuestras casas y nuestros coches, nuestra soberbia y nuestro desprecio, los monstruos de Monterrey o de cualquier otro lugar marcado para siempre por el terrible recuerdo de sus atrocidades? Nuestro reto vital es de orden civilizatorio: construir ciudadanía; formar conciencia y responsabilidad colectivas sobre los derechos y libertades de todas las personas, por encima de cualquier forma de privilegio y discriminación; contener los excesos y las desviaciones del poder, lo mismo político, económico o criminal. En suma, civilizar a México. Y eso no lo resuelven las armas.
*Socio consultor de Consultiva
