Piratas modernos y abuelos arrepentidos…

Se acepta lo de moda sin detenerse a analizarlo y, sin remordimiento, se le alimenta a los niños.

Lo recuerdo con su traje de pirata jugando con su amigo. Tenía cuatro años y era muy alto para su edad. Insistió en la peluca, espada, chaleco y demás accesorios que lo harían convertirse en Jack Sparrow.

Lo que me alegraba es que, por fin, habíamos dejado a Buzz y todos sus aparatitos chillones atrás. Pero no había medido el impacto de sus habilidades con la espada. En un minuto, el compañero de juegos quedó golpeado en el piso, al mismo tiempo que el pequeño criminal gritaba: “Te maté!”.

No habría sido mayor el problema, si la mamá del niño en cuestión no hubiera dado un sermón acerca de los juguetes bélicos y de cómo afectan a los niños en su desarrollo social. La verdad, acepté el error por salir de la discusión, pedí una disculpa por la aguerrida criatura y salí corriendo.

Nunca he creído que este tipo de juegos —obviamente, no llevados al extremo— afecten el desarrollo de los niños. Todo este movimiento seudoterapéutico de “no hagas eso porque lo traumas” es una excusa de los padres para no poner límites.

Que recuerde, hasta un balón de soccer puede ser un arma letal. Somos muchos los que crecimos con pistolas de agua, espadas de caballero —o láser, que, en el imaginario, son mucho más peligrosas— y jugamos policías y ladrones, siempre se prefiere ser el ladrón, los piratas o ser Darth Vader, sin que eso haya mermado en ningún momento nuestra relación social con los demás. De esa misma manera enseñamos a nuestros hijos con las reglas claras: saber respetar, no lastimar y, sobre todo, terminar el juego a tiempo.

Sin embargo, al recordar la anécdota del pequeño y acelerado pirata, me doy cuenta de que el error es idealizar a un personaje que no tiene nada de idealizable.

Un pirata, en sus tiempos, era ladrón, asesino, violador, borracho, contrabandista, invasor, comerciante de personas y hasta soldado de los gobiernos que los solapaban. Ese monumento al saqueo internacional que es el British Museum en Londres y el juego de Disney, “Piratas del Caribe” —con mujeres amarradas para ser vendidas, por ejemplo—, es la muestra de que el problema es de fondo, no de forma. Se acepta lo de moda sin detenerse a analizarlo y, sin el menor remordimiento, se les alimenta a los niños.

En México, el término piratería se utiliza para alguien que plagia y saca un provecho por hacerlo. Sin embargo, no sólo son los que copian y venden sin discriminación todo tipo de productos o bajan música y películas ilegalmente. Habrá que referirse a los nuevos piratas de verdad, idénticos a los corsarios de antes: a los narcos.

Esa necesidad de poseer, de igualarse, de ser poderosos, de tener el reconocimiento de los suyos a costa de lo que sea, así sea matar, extorsionar, robar o secuestrar, no los hace muy diferentes al mismísimo Jack Sparrow, el héroe de los niños.

La narcocultura crece a pasos más rápidos de lo que se puede digerir; se está convirtiendo en la manera de vida de muchos, y la única ilusión de otros que no tienen más que ese rol de “pirata” para salir de la miseria en la que viven.

Ojalá que no vaya siendo realidad, pero habría que prepararse porque, quizás en unos años, los nietos nos pidan los disfraces de los héroes del momento: Malverde, Arturo Beltrán o el Compayito, y, en lugar de espadas y parches, los accesorios sean gruesas cadenas de oro, rifles AK-47, el tatuaje de una mano con ojos y una Cheyenne negra.

Por favor no se espanten. Igual, para entonces, ya será franquicia de Disney. Al público, lo que pida…

                *Licenciada en Administración de Empresas

                aliciaalarcon2009@gmail.com

                @AliciaAlarcon

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