Águila real de mi corazón

Inka se llama, Parra la pintó, Diego la mantiene, Dios es testigo.

Tengo, desde el nacimiento, la misma ansia de volar y, por eso, en el sueño jaripeo, el espacio, viendo a mis pies un mundo florido jamás en desorden que convierte mi angustia en un coro arcangélico. Son las anunciaciones del sueño que cambalachean las posibilidades de leer, o de escribir, precisamente, dormida; dos actos carnales cuya comprobación me llena de tristeza. Es saber de ambos delirios de la cultura —mal que bien hay cierta demencialidad en entregar las horas y la vida a esas dos torturas que son también la más grande felicidad en sordina, es decir, en silencio, sin estruendo, casi sin fatiga… leer, escribir. De pronto, un día de invierno, apareció ante mí, en el centro del estudio de pintura de Carmen Parra, la insólita presencia que pesa sólo al mirarla, inadmisible a la indiferencia, con su mirada de águila, que eso es, fija en la mía como si supiera la hondura de mis cavernas, martirizándome (adentro de la mina había un lago y en él se paseaba un rey enfermo). El águila, sedosa en sus cafés, allí estaba para vivir dos años de presencia con la artista dispuesta a pintarla a fuer de rescatar el símbolo patrio y llenar una urgencia en su devenir de creadora: primero fueron los ángeles, las catedrales, los caballos y, ahora, reluciente “paridora en el aire”, el águila emperatriz que en óleos magistrales, de puro magisterio, se metió en casi treinta cuadros  de la visionaria mexicana para gritar su presencia majestuosa, su historia que vuela, el amenazador contemporáneo, peligro de extinción en el que rasga el aire, el cielo, todavía viva.

Es el hecho de rescatar un animal —un milagro— para que aprenda a seguir latiendo en el aire y, pesando como digo, en el brazo misericordioso y amoroso de su cetrero, Diego Rodríguez, y extrañamente bajando del cielo a convivir con nosotros, los sujetos de la tierra que condenó a su especie a la muerte a tiros, o simplemente apresándola de las patas amarrada a un árbol y con las plumas cortadas… viniendo a nosotros a escuchar tantas puerilidades, pero, en el antebrazo de quien la salvó de la muerte hace casi diez años, nos oye como oír llover, nos mira, sabe que, emperatriz, está allí en La Casa del Lago, surcando el aironal con sus alas de pintura de aceite, robándole el intríngulis a la física para mantenerse como jugando en piruetas de antología, de mirada fija, Inka se llama, Parra la pintó, Diego la mantiene, Dios es testigo, en la Casa del Lago, donde Carmen y su aún vida, asombrosa para nuestra felicidad. Águila de mi corazón. Todos los despachos gubernamentales deberían tener ese símbolo de nuestra bandera, del islote de donde venimos, de lo que ya nadie se acuerda: ¡de la Patria!

Vaya usted a Chapultepec a ver al águila de la República del Aire.

Atestigüe la heroica lucha contra la extinción.

Narro. Alatriste. Paredes Pacho. Quirarte. Rodríguez. Inka. Bendiciones.

*Escritora y periodista

marialuisachinamendoza@yahoo.es

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