El gobierno del 2 de diciembre

Se comprometerá el debate congresional y el discurso legislativo.

Hace algunos días escuché, en una mesa muy bien dotada de talento político, una preocupación muy generalizada que se refiere a la ausencia de planteamientos de fondo por parte de los actuales aspirantes presidenciales. En palabras muy sencillas, la incógnita nacional de ¿para qué quieren la Presidencia?

Desde luego, me queda en claro que el discurso de todos está hoy  impedido por diversas circunstancias relacionadas con el encargo que desempeñan y que les prohíbe asumir proclamas y, sobre todo, contraer promesas. Enrique Peña y Marcelo Ebrard gobiernan su respectiva entidad y su discurso hoy tan sólo puede ser local. Josefina y Manlio son líderes de bancada y no pueden hablar por ellos sin que se entienda que es por todos sus liderados. No se diga Cordero, que es un colaborador presidencial. Los casos Creel y López Obrador son de otra especie muy atípica.

Sin embargo, estos impedimentos pronto cesarán. Por lo menos, tres de estos mexicanos serán candidatos presidenciales de su partido y, entonces, ¿cuál será su oferta? Allí entramos en otro problema porque a todas las adivinamos casi idénticas. Más seguridad, más empleo, más ingreso, más desarrollo, más política social y más gobernabilidad. Las tres plataformas casi serán una fotocopia recíproca. Esos se llaman “discurso-espejo”. Pero, nosotros, seguiremos en la incógnita.

De aquí se genera un tercer problema. Si las ofertas son idénticas, la diferencia que provocará una predilección del electorado tenderá a ser la descalificativa y allí entraremos al lodazal excrementoso de la guerra de frases. Ya adivinamos a quienes tacharán de rateros, a quienes de estúpidos y a quienes de salvajes. Aclaro que no estoy diciendo que lo sean y, por el contrario, siempre me he opuesto a esas falsas generalizaciones. Pero creo que así se atacarán recíprocamente. Sin embargo, esto tampoco nos dice sus razones para ser Presidente.

Por añadidura, surge un cuarto problema. No creo que esto se limite a una simple contienda verbal, sino que se extenderá a diversos escenarios factuales. Se editarán inserciones pagadas por denunciantes oficiosos. Se involucrará la participación de las contralorías y de las procuradurías. Se comprometerá el debate congresional y el discurso legislativo. Aquel que pueda, congelará los recursos públicos. Otros, congelarán las iniciativas legislativas. Y el que no pueda hacer otra cosa, por lo menos congelará las calles o las carreteras.

Todo esto enrarecerá el ambiente y lo va a dejar maltrecho, sobre todo para la etapa postelectoral. Todos sabemos que, en México, las elecciones no solamente se ganan sino, también, se defienden. Varias de ellas no se han decidido en la primera etapa, sino en la segunda, y aquí viene el quinto problema.

Casi todos los mexicanos suponemos cuál será el partido vencedor. Pero algunos optimistas piensan que obtendrá una victoria muy holgada mientras que otros, quizá más realistas, suponen un triunfo más apretado. Yo me encuentro entre estos últimos y, por eso, creo que la batalla postelectoral puede ser terrible. Los posibles derrotados no son débiles ni resignados. Por el contrario, son recios y poderosos. Pero, sobre todo, detestan al muy posible partido vencedor y, todavía más que a él,  a sus más probables candidatos. 

Por eso he dicho que vamos a tener temporada de cacería, temporada de tormenta y temporada de demolición. Ojalá que, después de todo eso, también tengamos temporada de reconstrucción. Para esto último, mucho nos confortaría y nos ayudaría que un día, aunque fuera un solo día, los aspirantes  nos dijeran lo que aún no sabemos: ¿para qué quieren la Presidencia-de-la-República?

Sólo así podremos sobrepasar los meses oscuros que faltan de aquí al día de la toma de posesión del nuevo gobierno. Sólo si sabemos lo que va a hacer con nosotros y con nuestro país a partir del 2 de diciembre de 2012.             

        *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

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