En Tacones con bastón

Ese Cirilo de quien nos colgamos, no puede ser cualquier Cirilo

En una de esas reuniones de dos Cirilas que deciden confesarse santo y seña, descubrí un patrón que repetidamente adoptamos las mujeres después que pasamos por una relación de mucho tiempo, en la que la ruptura no solamente te lastima, sino que te desequilibra en las rutinas a las que te acostumbraste cuando hablabas en primera persona del plural.

Estoy hablando de esa relación a la que nos embarcamos cuando el corazón aún sigue resentido y preferimos “enamorarnos” de alguien más, para que el dolor mengüe y los fregadazos nos agarren anestesiadas entre las sábanas con alguien más. Sin embargo, ese Cirilo de quien nos colgamos, el Cirilo bastón, no puede ser cualquier Cirilo, pues no se trata de salir de una sufridera para suplantarla por otra, sino de un Cirilo que desafortunadamente se clava más de ti que tú de él y que, al final de la historia, siempre terminas rompiéndole el corazón, pues entablar una relación seria bajo esas circunstancias no solamente es imposible, sino innecesario. No me voy a enamorar del primero que se me ponga en frente, sabias palabras de Cirila que acepta querer y valorar al Cirilo bastón que claramente está por el tortuoso camino de clavarse con la Cirila menos indicada.

Yo tuve un Cirilo bastón cuando me separé de mi living boyfriend hace poco más de dos años, un Cirilo encantador que apostó su corazoncito en el peor juego de su vida, o sea, yo. Quería divertirme, pasarla bien, sonreír y olvidarme que a mi vida le faltaba una pata que necesitaba calzar para que no estuviera toda tembeleque. Entonces me agarré de Cirilo bastón que, aunque no la dejaba completamente estable, por lo menos ya no se tambaleaba tanto como para marearme y dejarme con conato de guácara.

El problema es que por más honesta que una pueda llegar a ser, el corazón se autoengaña y, en aras de cobijarse con lo que le alivia un poco el dolor, las cosas se terminan malinterpretando hasta dejar al descubierto la cabronada que se fragua debajo de la mesa sin pata.

Yo sabía que Cirilo bastón no sería el hombre con el que organizaría nuevamente mi vida, y lo sabía por tres razones: la primera, porque no me interesaba en lo más mínimo organizar mi vida con alguien; me interesaba organizarla y punto, y eso no incluía un cepillo de dientes extra en mi baño, mucho menos un clóset con cosas de niño y, ni hablar de domingos en familia con personas que no pertenecen a ella. La segunda, porque era un chico completamente diferente al tipo de hombre que buscaba en ese momento de mi vida y, la tercera, porque nunca llegué a enamorarme realmente de él; además, tengo un sexto sentido que no me falla y éste me gritaba a cada instante con reacciones alérgicas físicas, que él no era el amor de mi vida, era el amor del momento.

Sin embargo, al ser un Cirilo bueno y a quien le agradecía profundamente la ayuda en tiempos del cólera, manteníamos una relación que parecía seria pero en la que mi corazón nunca estuvo involucrado de verdad, más allá de una imperiosa necesidad de no estar sola mientras mi querido ex se escondía debajo de las faldas de su Cirila bastón... o ¿qué creían, que sólo hay Cirilo bastón? ¡No, mis queridas Cirilas! Si la realidad del clavo es que para tapar el hueco que deja, lo mejor es meter otro clavo aunque no siempre sea de la misma medida.

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