La conosureña aventura de Siqueiros

Sirva la película para dejar constancia de la aportación de doña Cristina.

Sui generis, pudiera ser la expresión acertada para describir a los argentinos, si pretende uno moderarse, evitando así malentendidos internacionales. Grandioso David Alfaro Siqueiros, visto sea tanto por quien guste de su obra como por aquellos que pudieran no estar de acuerdo con ella. Existencia incontenible marcada por su participación directa en los acontecimientos más importantes de la historia moderna de México: soldado carrancista en la lucha contra Huerta en 1914, miembro del trío emblemático del muralismo mexicano como punta de lanza de la revolución educativa de Vasconcelos, expositor y profesor de arte en el New York de los años 30, defensor de la República Española en la guerra que perdió contra Franco, del 36 al 39, para que allá le llamen “el coronelazo”, según se cuenta en vista de su talento militar y su arrojo, desde siempre integrante del Partido Comunista Mexicano, su vida es un alarde de la ideología marxista, la que lo llevó a asaltar la casa de León Trotsky en Coyoacán, intentando matarlo, para luego recurrir al exilio —más pretensión que convicción— que lo lleva a andar mundo con su arte. Sindicalista consistente, para Siqueiros no hay más propósito en su obra que el pueblo, la raza, ni más vocación política que los trabajadores. Huésped de Lecumberri en dos ocasiones, la segunda y más larga por obra y gracia de López Mateos —¡de quién más!— de 1960 a 1964, por su militancia arrogante siempre, por los alcances populares que le implica y que lo hacen merecedor del cargo, para entonces en uso, de disolución social. Nos regala el maravilloso mural de rectoría, con tantos otros de una obra que parece interminable, el Polyforum Cultural y apenas unos días antes de morir, la que fue su casa, que pretendió se destinara a museo popular.

Resulta entonces que los argentinos nos narran la anécdota de su experimento plástico en la finca de Natalio Botana, en 1932. El Mural de Siqueiros (Sergio Olvera, 2011) resulta más argentina que Maradona y los bifes, en tanto pretende distinguir al artista mexicano para hacernos ver por ese camino que sus convicciones estaban a la venta, que su intento fallido por pintar un enorme mural para el pueblo argentino termina en la decoración de un cuartito de la casa del corrupto empresario de medios. “Será lo que sea el tal Siqueiros para ustedes mexicanos”, parece decir el film, “pero aquí lo compramos por unos pesos”, mientras el mismo Botana y el Neruda más inverosímil que alguien haya filmado le ganan con su mujer, Blanca Luz Brum, a un Siqueiros distraído en sus empeños políticos y su experimento plástico. Irrescatable mediante esta o cualquier otra película, la calidad moral de un tipo como Botana y de la misma Brum, que mutó de sandinista a peronista y al final de su vida ¡a pinochetista!, ¿cómo no iba a pintarle el cuerno al muralista?

Siqueiros parece transcurrir por la película como si le fuera ajena, como si don Natalio, doña Blanca y un absurdo Pablo Neruda le dieran lo mismo, y como curiosísimamente habrá ocurrido en realidad. Valga el comentario para destacar el excelente trabajo de Bruno Bichir que consigue justamente eso: saberse, sentirse y actuar de manera paralela al resto de los personajes, de la historia y de los fallidos cuestionamientos morales que habrá pretendido Olvera. Sospecho que no era ese el sentido del guión, para que lo demás lo consiga el muy argentino modo de actuar de todos, que nos ofrece a un BichirSiqueiros magistral en su “¡qué carajos hago yo aquí!”, sin duda el mismo de su personaje en esos años y en ese país que no parece poder ver nunca más allá de sí.

Al final nos lo dejan claro: sirva el film para reconocer a su presidenta, “la Doctora”, por haber ordenado la reconstrucción del mural. Sirvan la obra y la película —nada más— para dejar constancia de la aportación de doña Cristina. El artista les resulta lo de menos.

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