Cinismo, barbarie y teatro

Si de reír se trata, la puesta en escena Civilización funciona muy bien.

Contar con leyes y reglamentos que sirven para violarse y redes familiares que propician complicidades delictivas, ¿significa que hemos alcanzado un grado evolutivo superior? Con Civilización, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio nos enfrenta con la estupidez nacional y cuestiona el concepto mismo de lo civilizado. Esta obra, que ofrece una progresión cronológica lineal, unidad de espacio y el desarrollo de una sencilla fábula, constituye un rico muestrario de machismo, racismo, homofobia, corrupción, ignorancia y cinismo en un fluido de diálogos, sin ninguna acotación, en el que se da una vuelta de tuerca a nuestros lugares comunes. Los personajes están asignados por números: UNO, es un viejo lobo de mar, cúspide de la evolución en el arte de “chingarse” a los demás y diestro en la sofística de Güemes; DOS, es un presidente municipal con el justo equilibrio de debilidad de carácter, bobería y ambición para ascender a gobernador; y el personaje TRES, representa la esperanza, eternamente traicionada, del que tiene “principios”, que no le sirven sino para retrasar su entrega al sistema de humillaciones. La anécdota es la fraudulenta construcción de un edificio de 20 metros en el centro histórico de una ciudad de cantera rosa.

La originalidad de LEGOM ha constituido un parteaguas en la manera de escribir teatro en México. Avanzó en el rompimiento de un manejo llano y predecible del realismo, para ahondar en la expresión escénica de la desarticulación de la conciencia, el transcurrir huérfano, desolado de una humanidad reducida a extremos niveles de ignorancia e idiotez, en un teatro en que predomina la síntesis expresiva, la inmobilidad y cierta nostalgia de una ética. Con obras en las que han quedado fuera las acotaciones, Gutiérrez Ortiz Monasterio desarrolla diálogos en los que combina una trabajada musicalidad y un catálogo de picardía mexicana.

La comedia Civilización, de LEGOM, se estrenó el pasado jueves dirigida por Alberto Lomnitz, con Héctor Bonilla, Juan Carlos Vives, Mauricio Isaac y Salvador Velázquez. La reunión de teatreros de tan disímbola trayectoria en este equipo ha levantado ya posiciones encontradas en los asiduos espectadores. LEGOM es el autor emblemático de una nueva dramaturgia propicia para una teatralidad alejada del realismo que ilustra los textos, que reitera con el gesto los diálogos. Bonilla es un actor con un éxito de público que levanta las sospechas de los puristas, un histrión versátil y diestro en los estilos convencionales. Para las nuevas generaciones Lomnitz es considerado un director tradicional. ¿Qué resultó de esta mezcla creativa?

En la cuarta función de la temporada el teatro estaba desbordado de público. Desde el inicio estallaron las risas y los aplausos. La organización del espacio a cargo de Edyta Rzsewuska deriva en una mezcla de realismo y simbolismo: un fotomural de un óleo de José María Velasco al fondo y, sobre un pasto-alfombra, un par de sillas típicas de sala de espera, una mesilla y un carrito de servicio con bebidas. En un extremo está la figura rústica de un mono con el pene erecto, que recuerda nuestra dimensión primitiva, tribal. La dirección de actores a cargo de Lomnitz se decide sin titubeo por la comedia realista, género en el que Bonilla y Juan Carlos Vives se mueven como peces en el agua y en el que Isaac se muestra inexperto. Intensa la presencia silenciosa de Salvador Velázquez como símbolo de una población indígena esclavizada, en un orden que no permite rebelión. Los jóvenes seguidores de LEGOM encuentran en el lenguaje escénico tradicional de esta puesta en escena una oposición a las posibilidades experimentales de la dramaturgia del también autor de Odio a los putos mexicanos. El público menos familiarizado con las discusiones teatrales en boga expresa su entusiasmo con aplausos y exclamaciones. ¿Dónde radica la cualidad esencial de esta obra, en el diálogo, el tema, que pasan estupendamente, o en su potencia para las exploraciones formales, para la que se muestra conservadora la puesta en escena?

Luis Enrique Gutiérrez, el provocador que se burla de todo empezando por él mismo, demuestra con Civilización que puede mover a un público de variadas exigencias. Si de reír se trata, Civilización funciona. Goza de una gracia y un ingenio comprobados, aunque duela por la acidez con la que nos muestra cuán estúpida, cuán pequeña es nuestra “civilización”. La temporada correrá hasta el 20 de noviembre en el Foro Sor Juana.

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