¿Un nuevo PRI?

La democracia se constituyede procedimientos para dar solución a los conflictos políticos,pero es un método, no el contenido de la decisión.

Juan José Rodríguez Prats

Juan José Rodríguez Prats

Política de principios

En el remoto 1955, Alejandro Gómez Arias, extraordinario orador y líder estudiantil, y quien solicitó a Emilio Portes Gil la autonomía de la Universidad, escribió:

Todos los observadores sinceros —aun los que militan en el PRI— convienen en considerarlo ya como un organismo burocratizado, inerte, irremediablemente desprestigiado y, aunque parezca paradójico, como el más conservador de los partidos de nuestra escena política.

Agregaba que éste carecía de “guías auténticos” y que precisamente por ello estaba “imposibilitado para orientar al país” y no tenía “autoridad para expresar la voluntad de la nación”.

Sus palabras tienen enorme actualidad. Hoy se nos dice que hay un nuevo PRI, pero los hechos lo niegan.

Enrique Peña Nieto, dada su influencia en los diputados federales, detiene reformas necesarias para México —como la reelección de los legisladores— y propone el retorno de la cláusula de gobernabilidad, un auténtico retroceso. El presidente del PRI, por su parte, protagoniza un espectáculo deprimente. Los otros partidos deberían solicitar que no lo cambien, para que continúe hundiendo al suyo. Ante las imputaciones, Humberto Moreira responde que es una campaña para desprestigiarlo. En las democracias, cuando un gobernante incurre en serias irresponsabilidades, la oposición se encarga de denunciarlo y de exigir cuentas claras. En las democracias, a ningún gobernante se le ocurre no opinar sobre un determinado tema. En las democracias, los hombres públicos informan de sus actos.

Moreira acude también a una estrategia que debería desechar, por corriente y vulgar: el viejo truco de desviar la atención y tirar lodo por donde quiera con el argumento de que nadie puede denunciar porque todos estamos implicados. Eso degrada a la política y lo degrada a él. Su deber elemental es explicar a sus coterráneos y a la opinión pública lo acontecido en su gobierno.

En el pasado, el Presidente de la República o el secretario de Gobernación “renunciaban” al dirigente del PRI y son innumerables los casos. Ahora, ¿quién le va a pedir la renuncia a Moreira?, ¿tendrá el pudor de renunciar?

El escándalo es moneda corriente en los países democráticos, diariamente lo constatamos. Las dictaduras, en cambio, ocultan información. La democracia se constituye de procedimientos para dar solución a los conflictos políticos, pero es un método, no el contenido de la decisión. Por eso requiere el debate abierto, para que en la confrontación de ideas —cuando menos en teoría— se opte por la solución más adecuada. Si un gobierno oculta información o, peor aún, falsifica documentos relativos a las cuentas públicas, incurre en graves delitos que deben ser sancionados.

Las culturas se miden por su preocupación hacia las generaciones venideras. El compromiso mínimo es que cada generación le entregue a la siguiente una situación mejor a la que recibió. Con este criterio, nuestro país sería mal calificado por deshonestidad, por irresponsabilidad, por falta de generosidad y me atrevería a agregar que por miedo, al no tomar las decisiones oportunas y adecuadas. Nuestros hijos y nietos nos reclamarán, airados e irritados, estas conductas.

En Veracruz y Coahuila se anunció la reestructuración de su deuda para hacerla pagadera los próximos 30 años, cerrándole espacios a quienes vendrán. Los pueblos que no cuidan a sus descendientes se están suicidando.

Dice el proverbio chino: “Pobres de los pueblos que viven tiempos interesantes”. Los mexicanos tendrán que ver más allá del anuncio, de la barda, del spot. Tendrán que escudriñar a los personajes públicos y no dejarse manipular por la mercadotecnia electoral o las políticas clientelares. Es demasiado lo que está en juego y nuestro deber es concederle el poder, con las limitaciones legales, a quienes ofrezcan mínima garantía de calidad ética.

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