Del trabajo asalariado a la libre ocupación

México está urgido de nuevas instituciones que, como el seguro universal, reconozcan el valor económico y la contribución social de las nuevas modalidades de ocupación.

No habrá recuperación ni nuevos empleos ni nueva prosperidad sin reajustes de fondo. Vivimos el principio del fin del predominio del modo de producción industrial “fordista”. Asistimos a la cada vez más rápida desaparición del trabajo asalariado y su reemplazo por nuevas modalidades de colaboración descentralizada y no subordinada. Nuevas modalidades de libre ocupación que, en el curso de las próximas décadas, se irán generalizando hasta volverse predominantes.

Esto obedece no sólo a la creciente y cada vez más generalizada sustitución del trabajo manufacturero humano por procesos de automatización o “robotización”. Refleja también el agotamiento de las economías de concentración o aglomeración, que sustentaban el tradicional modelo fabril, sobre todo en el caso de productos y servicios de alto contenido intelectual, informático, creativo, etcétera. Éstos se componen de múltiples piezas y elementos, muchos de carácter virtual e intangible. Sus componentes pueden ser producidos en localidades dispersas, incluso en diversos puntos del planeta y, una vez digitalizados, transmitidos por las redes informáticas y ensamblados o articulados en un solo punto, para de ahí distribuirse nuevamente en formato digital o físico, según el caso.

De este modo, cada vez más individuos altamente productivos y que con frecuencia ni siquiera entran en contacto físico, están ocupados, si bien no necesariamente empleados a cambio de un salario o con horarios fijos, en colaborar en la producción de bienes y servicios tan diversos como el desarrollo de software, de videojuegos, videos musicales, series audiovisuales, películas, proyectos científicos e ingenieriles, ventas, servicios de viaje, inversiones y otros servicios financieros. Incluso cada vez más es así como se elaboran los diseños y se estructuran los procesos que dan forma a la manufactura de bienes cada más intensivos en conocimiento y menos intensivos en materiales y maquinaria, como los smartphones o los compuestos biomédicos avanzados de la medicina genómica. 

Se va desplegando así en todo el mundo una nueva civilización cibernética que, como las redes que le van dando sustento económico y cultural —y, por cierto, como el cosmos mismo—, no tiene ni polos ni centro ni periferia. Sólo interconexiones, sinapsis múltiples y simultáneas. Pero tampoco genera ya de manera masiva empleos asalariados y subordinados, al modo de la civilización industrial. Nada ni nadie escapa ya a los efectos directos e indirectos del cambio tecnológico exponencialmente veloz y acumulativo. Y esto reclama nuevas instituciones.

La crisis social de la marginalización masiva de millones de seres humanos, desplazados del empleo tradicional por la acelerada automatización de los procesos productivos, no deja ya tiempo para el gradualismo. El capital deja de ser el factor de la producción dominante, para ser reemplazado por el conocimiento. La concentración espacial es sustituida por la interconexión; las economías de escala ceden el lugar a las economías de interrelación, y éstas demandan infraestructuras distintas a las industriales. La seguridad social estructurada en torno al empleo asalariado demanda ser complementada y eventualmente sustituida por redes eficaces de solidaridad social público-privadas y comunitarias, que garanticen a todos acceso universal al cuidado a la salud y oportunidades de ocio creativo, y no sólo recreativo, que se entrelacen con una rica dinámica social de educación para la generación y el enriquecimiento del conocimiento, en vez de limitarse a su absorción subordinada.. México está urgido de nuevas instituciones que, como el seguro universal, reconozcan el valor económico y la contribución social de las nuevas modalidades de ocupación.

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