Libia: verdades y mentiras
La justificación de la intervención occidental de 2011 ofrece además el rostro perverso de las
Escribo esta columna cuando la información acerca de lo que ocurre en Libia, sigue siendo confusa. Según la BBC británica, las fuerzas leales al líder Muammar Gadhafi habrían recuperado terreno al oeste de Trípoli, aunque virtualmente en todo el mundo se consideraba inevitable el triunfo de los rebeldes y la caída de un régimen de más de 40 años.
Los grandes medios occidentales comenzaban a festinar la reanudación de las exportaciones petroleras libias hacia las naciones industrializadas; el congresista estadunidense Edward Markey, personaje influyente en el Capitolio de Washington, permanentemente vinculado con los temas de la energía y el petróleo, declaraba a la cadena MSNBC: “Bueno, estamos en Libia a causa del petróleo…”
En más de una ocasión he señalado que la cuestión principal subyacente en la agresión de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN contra Libia, no es la defensa o la justificación del régimen de Gadhafi, que surgió sin duda como expresión del repudio popular hacia una monarquía decadente y corrupta; y alcanzó logros importantes, lo mismo en el ámbito de la calidad de vida y el desarrollo social del pueblo, como en el de mantener una difícil cohesión nacional dentro de un país que sigue siendo eminentemente tribal.
La justificación de la intervención occidental de 2011 en Libia ofrece además el rostro perverso de las “guerras humanitarias” lanzadas por Washington y la OTAN. Un antecedente de referencia inevitable es el caso de Yugoslavia en 1999, del que tuve la oportunidad de ser testigo presencial, como enviado de un diario mexicano.
La propaganda de las potencias occidentales y de sus medios de comunicación, abyectamente sumisos, como también he podido comprobarlo, soslaya descaradamente las intenciones geoestratégicas y geopolíticas, que giran en torno a una voluntad hegemónica, dentro de la cual figura de manera preponderantemente el control de los recursos estratégicos, como lo siguen siendo los hidrocarburos.
Luego de las revueltas árabes en Túnez y Egipto, auténticamente populares, que derrocaron a gobiernos autoritarios no solamente aliados, sino dóciles servidores de Estados Unidos y la OTAN, surgió la posibilidad de golpear al gobierno de Gadhafi, tradicionalmente hostil a los intereses occidentales, aún cuando en los últimos años se había mostrado muy abierto a la contemporización.
¿Qué diferencias fundamentales hay entre los casos tunecino y egipcio y la puesta en escena libia? Los grandes medios occidentales y sus colaboradores regionales, como la cadena Al Jazeera, no pudieron mostrar sino grupos escasos de “rebeldes” en los cuales había más milicianos armados por la OTAN y combatientes yihadistas islámicos, que auténticos representantes del pueblo.
Unos cientos de personas —similares en muchos casos a los extras de las grandes producciones cinematográficas—, fueron suficientes para crear el espejismo de una gran insurrección popular. Algo similar hicieron los estadunidenses y sus aliados en Irak, cuando inventaron mediáticamente las multitudes entusiasmadas que los recibieron en Bagdad.
El llamado Consejo Nacional de Transición (CNT), reconocido desde marzo por el gobierno francés de Nicolas Sarkozy, parece consolidarse mientras se confirma que desde Washington y Bruselas ha sido alentado, apoyado y fortalecido. En ese organismo hay representantes de una corriente laica, moderada, así como del fundamentalismo islámico más radical, que exige la implantación de la Sharia, la ley coránica.
Aun cuando oficialmente la red internacional Al-Qaeda es uno de los principales enemigos de Estados Unidos, al gobierno de Barack Obama no parece incomodarle que dentro de los fundamentalistas que figuran en el CNT, haya varios vinculados con esa y otras organizaciones terroristas islámicas. Este pragmatismo exacerbado ya tuvo manifestaciones en el Cáucaso, cuando Washington protegió y apoyó a Osama bin Laden contra Rusia; y en los Balcanes, donde el grupo terrorista del llamado Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), se convirtió en gobierno de un país artificial.
