Las lágrimas en Incendios
Una espléndida obra de teatro que, lamentablemente, tendrá una corta temporada.
El Foro Shakespeare cambió la distribución de las butacas para la representación de esta obra. Como en los foros del teatro griego clásico las agruparon en dos gradas que quedaron frente a frente separadas en la parte baja por un pasillo de unos escasos tres metros de ancho y un poco más de diez de largo. Algunas sillas de las dos primeras filas no se ocupan, pues forman parte de los espacios de los actores. Este pasillo es el escenario, que cuenta, además, con unas burdas mesas de pino, juegos de iluminación y sobre todo una intensa actividad por parte del grupo de ocho actores y actrices que integran el reparto.
La obra es Incendios y sólo un teatro del tipo del Foro Shakespeare puede ser la sede perfecta para su representación. Es un muy complejo, profundo y bello texto que dura dos horas y media sin intermedio y que somete a los espectadores a una experiencia inolvidable. Está escrita por el franco canadiense Wajdi Mouawad, nacido en Líbano en 1968 en el seno de una familia de raíces cristiano-maronitas. Forma parte de su tetralogía integrada por Litoral, Incendios, Bosques y Cielos, con las que se integra La sangre de las promesas. Las tres primeras piezas han sido representadas ya en Aviñón, Francia, en todo un maratón de 12 horas corridas con algunos descansos.
Incendios se estrenó en México en el mes de enero durante pocas semanas y recibió excelentes críticas y comentarios. Ahora podemos verla en el Foro Shakespeare en la calle de Zamora, y mejor corra por los boletos porque el recinto es pequeño y la temporada muy corta, ya que la intención de los productores es escenificar toda la tetralogía en nuestro país.
Con una traducción de Humberto Pérez Mortera, la dirección de Hugo Arrevillaga y producida por Diego Luna me resulta difícil decirle “se trata de esto o de esto otro”. Lo que puedo decirle es que usted vivirá una experiencia que no se parece a nada; se verá totalmente inerme ante la sacudida, pero sobre todo sentirá que desde el escenario una enorme aspiradora se apodera de sus emociones y pensamientos durante dos horas y media. Puede ser algo cercano a caer en un trance; no le va a importar el celular, los problemas de la oficina, el que no haya cenado ni siquiera ir al baño.
Ubicada en diferentes tiempos en una zona de conflicto de Líbano y algún lugar de Canadá, todo se inicia cuando dos gemelos, Julia y Simón, cuya madre acaba de morir, se enteran de que dejó una carta para su padre al que creían muerto y otra para un hermano del que ni siquiera sabían de su existencia. Los jóvenes, particularmente Simón, alimentan cierto resentimiento hacia una mamá que huyó de la guerra en Líbano con sus hijos pequeños, que siempre fue fría y distante con ellos, además de que en algún momento hizo un voto de silencio que nunca comprendieron.
El cumplimiento de la misión los llevará a un viaje al pasado y al horror de la vida de una mujer inmersa en la violencia, el odio, la guerra y las peores pesadillas que superan con creces cualquier relato de ficción.
A los pocos minutos de iniciada la obra, uno se descubre llorando con las defensas en el suelo, hipnotizado por los textos y el espléndido trabajo de dirección de los actores y sus interpretaciones, entre las que destaca en forma especial la de Karina Gidi, a quien además de muchos trabajos usted puede recordar por ser la mamá en la película Abel, de Diego Luna. A Gidi la acompañan otros grandes actores: Pedro Mira, Alejandro Chacón, Rebeca Trejo, Concepción Márquez, Jorge León y Guillermo Villegas.
Sin que podamos hacer nada para evitarlo Incendios no sólo deja vulnerables a los intérpretes, sino que a los espectadores los va despojando de sus propias capas como cuando se pela una cebolla y la piel va quedando blanca y sensible al irse revelando poco a poco los secretos que el miedo, el amor, la furia, la ira y hasta la compasión obligaron a guardar hasta la muerte.
Los que somos padres, sobre todo madres, los hijos, hermanos, amigas, sentimos con Incendios una plena identificación a través de un relato cuyo principal atractivo es cómo está contado renunciando para centrar la atención en la verdadera estrella de una obra: la historia.
Por último, observe usted bien el rostro de Karina Gidi cuando termina Incendios. Ante el aplauso del público ella se ve como ausente durante unos segundos, está en un trance del que va saliendo poco a poco. Ese trance del que usted también irá saliendo lleno de reflexiones y unas lágrimas muy bien lloradas.
