¿Entenderemos mañana, la profundidad de lo que enfrentamos hoy?
Esta historia, del endeudamiento excesivo y la dilapidación de recursos públicos, la hemos vivido una y otra vez.
Uno de los efectos dañinos de mantener cerrada una economía, más allá de lo que el sentido común y la teoría económica recomiendan, es ver reducida la capacidad de análisis de los que deberían —por su responsabilidad política y rol que juegan en la vida de un país— ser ejemplo de capacidad analítica y conocimiento actualizado. Esto, para estar en condiciones de proponer soluciones efectivas para dejar atrás el bajo o nulo crecimiento económico
La situación enfrentada —desde hace tres años— tanto interna como externa, obliga a realizar análisis objetivos que deben ser actualizados con una frecuencia que sorprende a los que desconocen la rapidez con la que cambia la situación económica en el mundo. Los problemas y lo inédito de algunos de ellos así como la profundidad del más reciente periodo recesivo, obligan —como nunca antes— al rigor analítico y actualización permanente de las herramientas que permiten conocer las causas del problema que enfrentamos.
En esto, para nada ayudan las posiciones electoreras que sólo buscan denostar y descalificar al adversario con miras a obtener los votos y la simpatía de quienes, acostumbrados a la dádiva y el subsidio que todo lo corrompe, siguen ciegamente a dos o tres charlatanes que como el ladrón que recién cometió un robo, no se cansa de gritar “al ladrón, al ladrón”.
La volatilidad en los mercados y las perspectivas de la demanda de materias primas y sus precios, que determinan —estos últimos— buena parte de los ingresos externos de algunos países de América Latina, son excelentes indicadores de la complejidad de la situación a enfrentar los siguientes dos años y medio, cuando menos.
Ante este panorama, las medidas a tomar en los países de la región —simples de enumerar pero difíciles de concretar— donde la clase política carece del conocimiento especializado pero le sobra demagogia, son rechazadas sistemáticamente, una y otra vez. Lo hace, como simple reflejo lógico de una visión caduca del desarrollo; además, actúa con una irresponsabilidad que pone en peligro la estabilidad económica y política que tanto nos ha costado construir.
Esto lo vemos con quienes además de endeudar escandalosamente el gobierno que encabezan y dilapidar miles de millones de dólares del erario, se dicen objeto de una campaña de acoso político; es tal su cara dura que al descubrirse y probar lo que hicieron, buscan el apoyo de sus pares para rechazar la única medicina eficaz para aquella enfermedad: reducir gastos y aumentar ingresos elevando impuestos.
Los que piensan y actúan como ellos, pretenden asustar con el falso y desgastado argumento de las necesidades y los recursos. Hacen a un lado lo que saben —que en la vida real de las personas y familias, así como de los gobiernos, “las necesidades son infinitas y los recursos para subsanarlas, escasos”—, y se convierten en cómplices de los que más temprano que tarde los hundirán si los siguen apoyando.
Esta historia, del endeudamiento excesivo y la dilapidación de recursos públicos junto con la evasión de toda responsabilidad, la hemos vivido una y otra vez; a pesar del precio pagado por las crisis resultantes, aún abundan los que promueven la deuda y el gasto como solución. Olvidan que al estallar la debacle, los causantes están seguros lejos del ojo del huracán pues saben que millones de jodidos pagarán la cuenta del desastre que causaron.
Lo que nunca pensamos volver a ver, toca hoy a nuestra puerta.
