Torreón

La sola imagen de la balacera dio la vuelta al mundo y se queda en la memoria como una posibilidad, ya no hipotética, sino muy real.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

México, ese que nos duele tanto. Sí, ése, se situó en otro nivel el sábado pasado, cuando lo ocurrido en las afueras del estadio Corona, en Torreón. Y es que, aunque hablamos de un enfrentamiento que arrojó saldo blanco, con excepción de un oficial herido (incluso no de gravedad), es vital referirnos a un escenario que no sólo pudo haberse convertido en uno de los más trágicos, sino de la tragedia que, ya de suyo, representa tan sólo por el hecho de haber ocurrido.

La sola imagen dio la vuelta al mundo y se queda en la memoria como una posibilidad, ya no hipotética, sino muy real. El momento en que los jugadores de los equipos Santos y Morelia salen, dejan a un lado el balón para salir corriendo a los vestidores tras escuchar los disparos, es de antología. El instante en que el público se arroja al piso con el fin de protegerse y después salta hacia la cancha, también para sentirse a salvo, es ya uno de los que definirá el año, el sexenio; esta lucha contra el crimen que tiene a todos sintiendo miedo.

Aunque los reportes hablan de una distancia considerable, en televisión había oficiales que decían que el enfrentamiento se dio casi a 900 metros de la entrada al estadio. Lo cierto es que la magnitud y la intensidad de los disparos lograron opacar el ruido de un estadio de futbol a medio llenar, pero que, aun así, albergaba emoción y porras para los equipos.

Se reconoce que las autoridades hayan dado la cara y que, a pesar de la sorpresa con la que llegó este episodio, no haya que dar cuenta de un saldo rojo. Pero lo triste de todo esto es que tengamos hoy un estadio con las huellas de un enfrentamiento que puso en peligro la vida de cientos de personas, de decenas de familias que querían regalarse un par de horas de diversión, de olvido de una realidad que violentamente las alcanza.

En Torreón, como en muchas partes del país, ya se han visto escenas donde la sociedad civil es el blanco. Muchas de ellas tuvieron un final trágico donde hubo necesidad de contar las vidas perdidas. También, donde no ha pasado del susto, como en Monterrey y ese otro momento que también dio la vuelta el mundo, donde una maestra contuvo su miedo y el de sus pequeños y los hizo cantar para no escuchar lo que sucedía en las afueras de la escuela. Uno de esos momentos que nos estrujó el corazón, porque es lo cotidiano de la sociedad, plenamente invadido.

Y entonces vemos a una maestra capacitada para esas circunstancias, lo cual se aplaude y agradece, pero que nos provoca una reflexión, pues eso mismo es signo inequívoco de los tiempos que vivimos. No debería ser así, lo sabemos y hoy lo ansiamos. Y es que el sábado también vimos a una afición que, entre la sorpresa y el miedo, no perdió la cordura y supo contenerse ante los acontecimientos, mismos que hoy les dejan una tarea nueva: prepararse para ellos. Porque mientras los tiempos se calman y, a pesar de lo injusto que resulta, la sociedad hoy se debe preparar en contingencia para que sus días no estén tan invadidos.

Pero lo que hay detrás de todo este episodio no sólo es la imagen de una estampida. Es la fotografía de un “narcoterror” que se extiende por el territorio: la del crimen intentando poner de rodillas, no sólo al Estado, sino a la sociedad en su conjunto.

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