Urbanismo con las patas
Desafortunadamente, el sentido común es el menos común de los sentidos
De esos días que decidí adentrarme en la ciudad y comenzar a quejarme un poco por lo que uno piensa que debería haber, no haber u ocurrírsele a algún candidato al gobierno de nuestra querida Chilang-ciudad. Se nos acaban los presupuestos haciendo obras nuevas; que si el distribuidor de no sé dónde a no sé qué punta de la ciudad, que si el Metro, que si el Metrobús, adoquín y remodelación de pasajes en el centro... mejor dicho, tanta obra nueva que, en algunos años, no muchos, estará igual de deteriorada que el resto de la ciudad. Recuerdo cuando recién abrieron los puentes a Santa Fe, hace relativamente poco, ayer pasé por allí, la bendita Avenida de los Poetas que, si convierten en verso todo, tendría que rimar con hueco, grieta y desnivel. ¿No se supone que una vía rápida, como también lo es Periférico, debería tener la menor cantidad de huecos posibles para procurar no matarse de ida al trabajo? O, por lo menos, que los carriles estuvieran bien pintados y no conducir con el pendiente constante de si vienes invadiendo al de al lado o si mentarle la madre al que se está comiendo tu carril es apropiado... ¿qué tal que es uno quien le está comiendo el carril al vecino? Todo depende de la perspectiva desde donde se mira. Y es que en esta ciudad, la perspectiva lo es todo, como el camión del colegio que se estaciona a media calle para que los niños bajen. ¿Estarán cuidando de su seguridad, o es por sus pelotas y el “me da la gana” de hacerlo así, que no se toman la decencia de orillarse? A propósito del regreso a clases.
Se supone que si uno se va a un hueco en las calles defectuosas, puede levantar una denuncia y exigirle al gobierno que le pague los mil y un chipotes que las llantas del carro tienen, pero hay que mandar como cinco mil cartas y hacerle piojito durante ocho horas al personaje de quien depende que esas cinco mil cartas pasen. Luego, se tardan como dos eternidades más en responderte, si es que bien te va, y, si es que de plano es tu milenio de suerte, podrían mal pagarte uno sólo de los huecos a los que nos vamos con frecuencia y es que, chilango que se respete por esquivar un hueco, se mete en otro.
Los semáforos son la cosa más absurda del universo mexicano; la sincronización es parte de un paquete que se venció con el tiempo. Ahí va uno, desesperado, tragando semáforo en rojo y mentándole la madre al de adelante, que debió haberse pasado (aunque incluyera guarrada chilanga) con tal de no dejarnos allí parados en un semáforo que bien puede durar entre dos segundos y hasta tres minutos; por lo regular, dos segundos en verde y tres minutos en rojo. ¿Bien, no?
Y es que siempre me he preguntado si no estaría bien que alguno de nuestros queridos regentes designara un poquito del presupuesto a darle mantenimiento a lo que ya está, antes de seguir pensando en lo nuevo que se hará para ganarse votos a la hora de postularse como Presidente. No voy a negar que los distribuidores hayan sido buena idea, no tan buena como el Peje lo creía, porque ahora tenemos un estacionamiento en 3D a la hora pico, aunque de vez en cuando funcione ir a la altura del Popo, que rara vez se divisa gracias a la contaminación en la que vivimos, contaminación que es causada, en su gran mayoría, por la cantidad estratosférica de carros parados en nudos viales, produciendo CO2 como si no hubiera mañana, ¡No, eso es bobada; que piensen en mejorar la vialidad! ¡¿Eso pa’ qué?!
Nuestra ciudad es un desorden apoteósico, y la mitad de nuestros males se acabarían si tan sólo dejaran de pensar en qué obras hacer para ganarse el amor del pueblo y se pusieran a desarrollar lo que bien podría mejorar la calidad de vida de todos: tapar huecos, sincronizar semáforos, pintar los señalamientos, los carriles, las rayas para los transeúntes, reemplazar algunos letreros de nombre de calle, organizar los números —fácilmente hay un #67 al lado de un #1543—, reabastecer de focos a las farolas que llevan años sin iluminar algunas calles, lo que facilita la delincuencia callejera, poner botes de basura en cada esquina, en fin... tantas y tantas cosas que podrían hacer si uno de los requisitos para aplicar a esos cargos fuera el sentido común.
Desafortunadamente, el sentido común es el menos común de los sentidos y si aceptamos candidatos a la Presidencia con escasos estudios, ¿qué podemos esperar al pedir un poco de lógica a la hora de actuar y diseñar una mejor urbanización para nuestra ciudad, que parece caerse en pedacitos? Ahí sí que ni el Chapulín Colorado... pues seguramente estaría atorado en el semáforo de los 3 segundos.
