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En 1991, toda la decisión en la democratización del país fue tomada por una sola persona: Carlos Salinas de Gortari.
El pasado jueves 18 de agosto, el Instituto Federal Electoral (IFE) celebró el vigésimo aniversario de haber organizado sus primeras elecciones. Entonces, todavía era presidido por el secretario de Gobernación (Fernardo Gutiérrez Barrios, en ese entonces), pero ciertamente era ya la incubadora para que por primera vez la autoridad electoral del país tuviese credibilidad, como lo mostró el trabajo de mi compañera Aurora Zepeda Rojas, publicado aquí ese día.
Paradójicamente, el 18 de agosto de 1991, el PRI arrasó, como en sus mejores viejos tiempos, en las elecciones de los 300 distritos electorales federales para la renovación de la Cámara de Diputados, y recobró el control que había perdido tres años antes. Ese mismo día hubo varios comicios estatales, no organizados por el novedoso IFE, sino por las autoridades locales, en los que destacaron los de las gubernaturas de Guanajuato y San Luis Potosí, donde oficialmente ganadores fueron los priistas Ramón Aguirre y Fausto Zapata, respectivamente. Los candidatos derrotados oficialmente fueron Vicente Fox y el doctor Salvador Nava Martínez, dos hombres cuyos nombres obligatoriamente están en la historia de la democratización de este país.
Carlos Salinas de Gortari era el Presidente de la República y su elección, tres años antes, ha sido la mayormente impugnada en la historia del país, y muchos mexicanos siguen creyendo que el verdadero ganador fue Cuauhtémoc Cárdenas. En 1989, además, el panista Ernesto Ruffo ganó por primera vez, para la oposición, la gubernatura de Baja California; tres años después del descomunal fraude en contra del también panista Francisco Barrio en Chihuahua.
En Guanajuato y en San Luis Potosí, una buena parte de los ciudadanos no aceptaron los resultados oficiales en contra de los candidatos opositores al PRI. Denunciaron fraude y salieron a sus calles a protestar. Sus candidatos, Fox y Nava, los encabezaron. Unos primero, otros después lograron el objetivo de impedir que los candidatos priistas gobernaran sus estados. Ramón Aguirre y Fausto Zapata fueron los últimos priistas que, como gobernadores, sufrieron el autoritarismo del sistema presidencialista que su partido hacía imperar.
En Guanajuato, Aguirre no llegó a ocupar la gubernatura; un buen día anunció la renuncia a su reconocido triunfo, a la que consideró “la decisión más difícil de mi vida”. En San Luis Potosí, Zapata tomó posesión con el apoyo del Presidente de la República; no duró una quincena en el cargo; nunca pudo despechar desde el Palacio de Gobierno, bloqueado por un grupo de mujeres navistas. Fox y Nava tampoco llegaron a la gubernatura de sus estados, como los exigían los ciudadanos que votaron por ellos y sostenían que eran mayoría. En Guanajuato, el interino fue el panista Carlos Medina Plascencia; en San Luis Potosí, el priista Gonzalo Martínez Corbalá.
Hace 20 años, el comportamiento de los ciudadanos guanajuatenses y potosinos, y el de sus candidatos Fox y Nava fue ejemplar en la lucha por la democratización del país. Sin embargo, hay que decirlo, en 1991, toda la decisión en el desenlace descrito fue tomada por una sola persona: el Presidente de la República, en ese tiempo Carlos Salinas de Gortari. Así funcionaba el “presidencialismo mexicano”, todavía apenas hace 20 años… que no deberían ser como los del célebre tango.
