El rebumbio varonil de la gran Tijuana
Dios también existe, por supuesto, él me regaló ese oleaje masculino del mar californiano.
Para esta mujer recorredora de la República a fuer de ganar la hogaza por pobre que sea, la vista de Tijuana siempre es diferente; primero fue una sola calle retumbante con el reborujado clamor de los marineros gringos yendo y viniendo, las míseras mujeres nunca entendido lo de su “vida alegre”, y el desgarrador burro esquinero pintado de rayas negras con el miserable fin de parecer cebra….Era pues el fiestorrón del que hablaban en voz baja mis tías en la recoleta pobre provincia. Un hotel de ínfima a donde me llevaron mis contratadores para pintar los telones de los teatritos de escuelas fronterizas al puro sur, acostada en el suelo sobre el antebrazo hasta la llaga para mantener enhiesta la mano del pincel y pintar los nombres de las droguerías, zapaterías, tintorerías, súperes de los pueblos en aquel tiempo cubiertos de nieve y cientos de alumnos mexicanos apestositos de ojos rimbombantes que nada más me miraban… El frío pelaba y en el camión de segunda, por supuesto, me tocó ir junto a un joven tembloroso al que enseñé a cubrirnos con mis periódicos para aguantar la helada aquella desorbitada…él me dijo: “No señorita, yo tengo algo mejor” y va sacando de su petaca una capa de torero con la cual nos tapamos…El pobre infeliz era novillero de cuarta que iba a morirse a Tijuana…¡No hombre! Ahora Tijuana es una potente varonil ciudad de paso, sí, pero en la que hasta el mar parece cantar, bronco y cejijunto, la soledad a la que la condenó la “crisis” monetaria de gringolandia y anexas. Ciudad poderosa Tijuana, de hoteles elegantes, restaurantes con comida china que ni en Shangai me relamí igual, y el Centro Cultural Tijuana bajo el noble puño del profesor Virgilio Muñoz en donde volví a clavar mi pica en Flandes con la afirmación de “Diego sí existe” la bandera en honor de Rivera que paseo por el mundo.
Dios también existe, por supuesto, él me regaló ese oleaje masculino del mar californiano que yo en otras témporas más felices conocí creyendo que había llegado a Itaca y que el perro de Ulises me estaba esperando. Lo que aquí pretendo es hacerles a ustedes sentir esa exaltación que a mí el norte de nuestra patria me produce, unos deseos potentísimos de levantarme en armas como nuestro Centauro, un amor afortunado que aún siento por todo lo de nuestra sangre, las ganas locas de hacer algo fuera de lo común por ejemplo, es un decir, por los ilegales que van arremolinados ya ni como ganado, encima de “La Bestia” rumbo a EU para qué comer…Si yo hubiera tenido dinero le digo a Lorenza Sotomayor, mi hermanita que me acompañó: “¡ándale vamos a comprarnos siquiera un vestidito al otro lado!”… en cambio esos cortesanos de los milagros ¡pobrecitos! comen sólo lo que arcángeles mujeres santas les avientan al paso cansino de “La Bestia”… y yo tampoco tengo (como le diría a la Aristegui —y que le encantó— ni para calzones). En fin, aquí un portuario beso a esa ciudad que me dio esta semana para comer.
*Periodista y escritora
marialuisachinamendozaa@yahoo.es
