Candidatas

El fenómeno latinoamericano de gobiernos en manos de mujeres en esta década involucró a Argentina, Panamá, Chile, Brasil y Costa Rica.

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

“Es un gran triunfo del amor que sentimos todos por la familia, por los hijos, por la patria”, afirmó el domingo la aventajada candidata a la Presidencia.

Cuidado con las confusiones: no son las palabras de Josefina Vázquez Mota, la primera mexicana con posibilidades de disputar la silla de Los Pinos.

La cita es de Cristina Fernández al celebrar el día 14 la goliza que le puso a la oposición en unos comicios primarios. Con 50% de la votación, la presidenta de Argentina tiene asegurada la reelección el próximo 23 de octubre, a un año de la muerte de su antecesor y esposo Néstor Kirchner.

Dejó a sus competidores a 40 puntos atrás y más que adjudicar el triunfo al crecimiento o a la política social, dijo que los argentinos habían reconocido que “me he roto el alma en estos cuatro años”. Sólo un tsunami puede arrebatarle un segundo periodo en la Casa Rosada a la mandataria que tiene en su contra a los medios de comunicación más poderosos, a los que limitó con una ley.

“Tengo un inmenso gracias que no me cabe en el corazón”, expuso con la mano en el pecho y abrazada a su hija Florencia. Y convocó: “Quiero agradecer a los que confiaron y a los que no a invitarlos a reflexionar juntos porque necesitamos la unidad de todos. Si logramos no discutir sobre lo que ya está resuelto, y sí escuchar lo que dicen las urnas, vamos a lograr equivocarnos un poco menos”.

Nuestra aclaración inicial es pertinente porque al margen de las diferencias ideológicas y de trayectorias entre Cristina y Josefina, también ese domingo 14 la coordinadora de los diputados del PAN se definió dispuesta a discutirlo todo, “menos el amor a México”.

“Yo amo a México, pero no me gusta su pobreza (...) yo amo a México, pero no coincido con la discordia”, expuso la precandidata que con Santiago Creel concentra las preferencias entre los blanquiazules y en la población cuando se evalúa a los panistas.

Más que por su costo o carácter proselitista disfrazado de informe parlamentario, el acto de ese día se criticó por el tono y el discurso. “Qué melosa”, señalan.

Llama la atención que la principal impugnación hacia Vázquez Mota sea en torno a características que se consideran de género: la emocionalidad, el deseo de agradar, el rechazo a la rijosidad y el asumir deliberadamente sentimientos.

No se critica su forma de hacer política ni sus posturas en temas cruciales. Se trata de una reacción “natural” e “inconsciente” que pretende medir a las mujeres con la vara de la descalificación de sus rasgos personales y no de cara a sus resultados.

Cuando el comentario de la semana es “por qué Josefina habla como si va llorar”, me remito a mi experiencia de hace unos días, en el Museo de Evita, en Buenos Aires, al escuchar el registro sonoro de la legendaria primera dama que saludaba con voz quebrada y maternal a sus seguidores peronistas.

“La presidenta Cristina pretende hablar igual”, susurré con prejuicio, “como emocionada permanentemente”.

Mi comentario superficial se diluyó en el testimonio recogido en calles, tiendas y taxis, entre estudiantes, jubilados y empleadas, gente de a pie que se enorgullece de su presidenta que sabe hablar, dicen, sin leer un papel, que ya demostró que puede sola, subrayan, capaz de defender su proyecto, de convencer, de cumplir, de aguantar.

Palpé la fuerza de esa mujer que polariza, sí, pero que ha construido una base de consenso y que, como afirma la periodista Sandra Russo, tuvo que sortear la crítica violenta que enfatiza aspectos femeninos, que si era como “una yegua”, se pintaba “demasiado” y “hablaba demasiado bien”.

Su libro La Presidenta y una estancia de dos semanas en Argentina me llevaron a reflexionar sobre la mirada machista y a veces misógina con la que pretendemos ver a las políticas, deteniéndonos en sus ojeras, voz o carácter y no en la pregunta de cómo han hecho para llegar hasta dónde están.

Cristina es la estrella del fenómeno latinoamericano de gobiernos en manos de mujeres, una tendencia que en esta década involucró a Panamá, Chile, Brasil y Costa Rica. Y que tiene en el lenguaje de sus titulares un rasgo distintivo. El tema sin embargo no es cómo hablan, sino cómo logran hacerse del micrófono del poder y cómo lo ejercen.

The Economist advirtió ayer que México podría sumarse a ese cambio que protagonizan dos de las economías más fuertes de la región. El reportaje destaca que Vázquez Mota ha crecido como “la humedad” porque “se ha metido en todas partes y es imposible frenarla”, aun cuando carece del apoyo del presidente Felipe Calderón. Va más allá el semanario londinense : “los grises” del PAN, señala, en alusión al dicho del ex embajador de EU Carlos Pascual, ya tienen “una posible candidata en tecnicolor”.

La pregunta no es, entonces, por qué esas mujeres hablan como hablan, sino por qué esas políticas avanzan como avanzan.

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