Siria, ¿hasta cuándo?

El desprecio hacia la comunidad internacional ha sido histórico y ninguna sanción le preocupa como para detener la matanza.

La represión del gobierno sirio a sus habitantes inconformes ha llegado a un punto intolerable para la comunidad internacional. En un recuento de hechos sobre lo que ha sucedido en los últimos meses, es evidente el desequilibrio que hay entre el nivel de violencia utilizada en contra de los manifestantes y las acciones de carácter meramente civil y de gobierno para tratar de solucionar este conflicto.

La brutalidad en este caso ha sido extrema (casi 2 mil víctimas fatales). Ante la caída de los poderosos regímenes vecinos en Egipto y Túnez, el gobierno sirio (al igual que el de Libia) decidió dar una batalla cruenta a sus oponentes.

En este caso, además, y a diferencia de lo que sucedió con los rebeldes libios, la falta de ímpetu por parte de otros gobiernos para apoyar la causa de los inconformes se ha reflejado en un posicionamiento imbatible de las fuerzas de seguridad sirias. El ajedrez internacional en este caso es mucho más complejo que en el de Libia. Cuando el régimen de Muammar Gadhafi acribilló violentamente a sus connacionales, el histriónico presidente francés tomó el liderazgo de una campaña mundial para reaccionar en contra de su gobierno. Europa lo secundó, así como Estados Unidos y otros actores internacionales.

Sin embargo, el caso de Siria es mucho más delicado por los vínculos que existen entre su aún presidente, Bashar al-Assad y el de Irán, Mahmoud Ahmadinejad.

Las tensiones en esa zona de Oriente Medio han sido un polvorín desde hace años por el conflicto entre Palestina e Israel.

Así, los intereses y las lealtades de cada país han estado divididos durante décadas. Jordania se alineó con Estados Unidos, el gobierno libanés ha vivido acosado por Siria.

Por otro lado, Egipto, a pesar de la histórica carrera armamentista que sostiene con Israel, ha tenido posiciones cautelosas desde hace tiempo; Arabia Saudita y los países en los que más influencia tiene (como Kuwait y Bahrein) han financiado a los palestinos menos radicales.

En esta coyuntura, Siria se ha convertido en el bastión más importante de Irán en la zona (además de apoyar a grupos terroristas, como Hezbolá).

Comprometer entonces una campaña militar occidental en contra de Al-Assad es mucho más difícil que en otros casos.

Las acciones diplomáticas, los embargos de cuentas bancarias, las sanciones comerciales, el llamamiento a consultas de embajadores clave por parte de sus gobiernos y otro tipo de presiones “suaves” han sido algunas reacciones de la comunidad internacional. Sin embargo, a pesar de las declaraciones de diversos dirigentes mundiales durante esta semana y la propia Unión Europea, éstas no han tenido ningún resultado en su intento por tratar de detener este genocidio y tampoco han sido lo suficientemente contundentes ni enérgicas.

La represión policial (no militar) que hemos visto en algunos países europeos durante las últimas semanas es por supuesto reprobable, pero está acotada por estructuras democráticas que en cualquier caso sancionarán a los responsables. En cambio, ante un enemigo débil, pero tenaz y valiente como su propio pueblo, el régimen de Damasco no claudicará. No hay fuerza suficiente que le haga frente y que avance o tome posiciones sin ser replegadas casi de inmediato. Además, el desprecio hacia la comunidad internacional de este gobierno ha sido histórico y ninguna sanción le preocupa lo suficiente como para detener las matanzas.

Su único objetivo es aniquilar a cualquiera que se les enfrente… y de continuar esta impasividad mundial, lamentablemente se detendrán hasta entonces.

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