¿Habrá otro país con políticos como los nuestros, que venden tan bien el pasado como futuro?
La falta de libertad individual explica, en buena parte, la profundidad de la marginación y millones de pobres en América Latina.
Si bien la visión de “el hombre providencial” que nos vendría a salvar y dirigirnos al paraíso terrenal ha caído en desuso por la popularización de los mecanismos democráticos para elegir gobernantes, aún persiste la idea que si bien no hay nuevos “Mesías” o que éstos ya no son necesarios para avanzar, pululan por ahí los que presentándose como “salvadores” causan daños que las más de las veces es difícil —si no es que imposible— medir.
El impacto de las individualidades —me explicó un estudioso de los sistemas políticos latinoamericanos—, se da hoy, por regla general, en el campo de lo negativo. Afirman otros, especialistas también en el mismo tema, que los segundos llegan a causar más daño que los primeros.
Hoy, los que buscan regresar al pasado o mantener sin cambios un presente de corrupción y opacidad, se arrogan una representación que nadie les otorgó y juzgan a los demás como incapaces. Concluyen, basados en mentiras y exageraciones, que sólo ellos saben hacerlo; que son, como diría alguien. “quienes sabemos gobernar”.
Los viejos políticos —de mentalidad, no necesariamente de edad— las más de las veces no se adaptan a las condiciones creadas por la globalidad; actúan como si el mundo y su país no hubieran cambiado. Repiten prácticas que si bien respondieron a las necesidades de una época aparentemente dejada atrás, son mantenidas vigentes por esos personajes o individualidades que piensan y actúan como si vivieran en el ayer. No hay, en su conducta, la menor intención de avance y mejoría de los más, sino sólo regresión y conservar lo que impide el cambio.
Un elemento que fortalece su influencia política actual —lo mismo en América Latina que en los países que formaron parte de la extinta Unión Soviética—, es el ciudadano educado en el paternalismo y la dependencia del que todo le da y todo problema resuelve; en pocas palabras, son apoyados —abierta o veladamente— por los que abominan de la libertad individual y rechazan sus beneficios por las dificultades que tienen para adaptarse a un mundo para el cual no están preparados, el de los libres; el de aquellos que se esfuerzan para progresar.
La falta de libertad individual, explica en buena parte la profundidad de la marginación y millones de pobres en América Latina; la libertad y la plena disposición para ejercerla, no es algo que nos haya acompañado a lo largo de nuestra historia por lo que no lo extrañamos. Por eso algunos dicen, ¿para qué la queremos si aquí está el que resuelve nuestros problemas?
Esta visión del mundo y su consecuente vida social, expresan un quehacer político primitivo; más cerca de lo feudal y de una vida caciquil que de un sistema moderno donde las libertades individuales son regla y los ciudadanos las ejercen.
Cada país tiene sus políticos que se aprovechan de ese atraso; medran tan eficazmente, que incluso los vemos como algo positivo. México es uno de ellos; aquí, nuestros políticos son tan capaces en esto de vender lo viejo como moderno, que pasan por constructores del futuro cuando sólo son los que mantienen el pasado. Es difícil encontrar otro país, cuyos políticos rivalicen con los nuestros en eso de vender el pasado como futuro.
Por lo demás, no piense usted que se refugian en un solo partido; de ninguna manera. En todos abundan pero, eso sí, en unos más que en otros. Conviene entonces, antes de tomar cualquier decisión, averiguar en cuál de ellos hay más.
