La aceleración de la destrucción creativa
La civilización industrial agoniza, mientras la reconstrucción económica y política del planeta comienza a mostrar los rasgos distintivos de un nuevo orden mundial
No habrá recuperación ni nueva prosperidad sin reajustes de fondo. Esto es mucho más que una “crisis financiera” y otra “recesión”. Es el principio del fin del predominio del capital financiero y del modelo de producción industrial “fordista”. La civilización industrial agoniza, mientras la reconstrucción económica y política del planeta comienza a mostrar los rasgos distintivos de un nuevo orden mundial. Entre éstos, me ocuparé hoy de la aceleración de la destrucción creativa.
¿Qué significa la “destrucción creativa”? Esta expresión, eje del pensamiento del gran economista del desarrollo, Joseph Schumpeter, sintetiza la dinámica fundamental del crecimiento económico y de la prosperidad de las naciones: el progreso tecnológico. Sirvan dos sencillos ejemplos: 1) al generalizarse el uso de las computadoras, se vuelven obsoletas las máquinas de escribir; 2) para construir el veloz tren eléctrico, hay que desmontar el de vapor.
Nunca ha habido ni habrá crecimiento sin incrementos en productividad. Pero, hasta la última década del siglo XX, los incrementos en productividad ocurrieron todavía predominantemente mediante la introducción gradual y moderadamente disruptiva de mejoras continuas o innovaciones paulatinas, que podían desplegarse y alcanzar su máxima rentabilidad dentro del marco de las instituciones sociales, económicas, políticas y financieras heredadas de la civilización industrial del siglo XIX. Esto ya no sucede así. La destrucción creativa es cada vez más rápida, demoledora, global y socialmente incluyente. Nada ni nadie escapa ya a los efectos directos e indirectos del cambio tecnológico exponencialmente veloz y acumulativo. Y esto reclama nuevas instituciones. La crisis social de la marginalización masiva de millones de seres humanos, desplazados del empleo tradicional por la acelerada automatización de los procesos productivos, no deja ya tiempo para el gradualismo.
Mientras las Bolsas y los gobiernos se debaten en crisis, los grandes innovadores y creadores de las nuevas fuentes de productividad global han seguido creciendo y acumulando cash, sin necesidad de ayudas o rescates oficiales. Apple dispone hoy de más cash que el gobierno federal de Estados Unidos, y compite con la gran petrolera Exxon por el primer lugar entre las corporaciones más ricas del planeta. Yahoo! ha lanzado su propio dinero digital, el “bitcoin”. Google adquiere Motorola y se dispone a hacer de Android el Windows de la era de los smartphones, que desplazan cada vez más velozmente a las PC y las laptops.
El capitalismo clásico sufre una metamorfosis en la que intangibles, como el conocimiento y la imaginación, determinan más la generación de valor que la mera disponibilidad de capital físico y financiero. Gracias a estas formidables, nuevas, fuerzas productivas, pronto estaremos en medio de una nueva y larga era de prosperidad sin precedentes. Esta gran transformación es a la vez la oportunidad para incorporar intensivamente a la economía real las nuevas fuentes de productividad, tales como energías sustentables, tecnologías informáticas y redes globales de información, cada vez más predominantemente semánticas e inalámbricas, así como nuevos materiales y nanotecnología, medicina genómica y técnicas de prolongación de la vida humana. Estas tendencias son ya irreversibles y su predominio global se hace cada vez más patente. A pesar de que por ahora se manifiestan como crisis, en tanto se consolidan los profundos cambios institucionales y culturales necesarios para su pleno despliegue. Las naciones que con más prontitud se pongan a la vanguardia de estas transformaciones, adelantándose en la construcción de las instituciones, infraestructuras y capacidades sociales que demandan, podrán dar un gran salto adelante. ¿Podrá México convertirse en una de esas naciones exitosas?
