Las otras

El diario The New York Times reporta que, desde 2007, el número de mujeres presas por delitos vinculados al crimen organizado y el narcotráfico se elevó 400 por ciento

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Que no son, que no fueron, pero que quisieron ser, aunque sea por un día, las reinas de un capo. O más bien de un criminal venido a menos, que las quiso subir al cielo para abrirles sus puertas, aunque sea para un ligero asomo. Hoy están presas en una de las tantas cárceles del país, porque les faltó pericia y les sobró ingenuidad y ambición.

El diario The New York Times reporta que, desde 2007, el número de mujeres presas por delitos vinculados al crimen organizado y al narcotráfico se elevó 400 por ciento.

En cifras más escandalosas, exactas, pues, entendemos que pasan de las diez mil mujeres.

Y sus historias, distintas, tienen un punto de encuentro claro, según lo dicen las autoridades: el amor.

Y es que muchas de ellas fueron seducidas bajo la idea de convertirse en reinas que todo lo tendrían y se entregan como princesas que toda la vida esperaron a su príncipe, que más bien fue sapo y deciden entrarle a los negocios de quienes las encantaron. Secuestro, extorsión… algunos de los delitos para los que se prestan.

Ahí está el caso Wallace, donde una chica fue el anzuelo para el secuestro. Otras, haciendo llamadas telefónicas, vigilando, usando su atractivo físico como arma (y otras veces, tontamente, como defensa).

Pero también hay más, muchas a quienes no se podría culpar de nada, tal vez sólo de haber estado en el lugar y el momento equivocados.

Tuvimos hace poco el caso de Miss Ana, una maestra de inglés en El Paso, pero radicada en Ciudad Juárez. Una mala jugada de gente desconocida para ella le sembró droga aprovechando sus cotidianos cruces por la frontera.

Su caso llamó la atención del país, gracias a una gran movilización hecha por redes sociales.

Finalmente, sus abogados comprobaron que no tenía nexos con ninguna banda criminal y fue absuelta y puesta en libertad.

Lo mismo le ocurrió a Juana Imelda Cáceres, de 38 años, que estuvo recluida cinco meses por circunstancias similares a las de Miss Ana.

Como si fuera una epidemia: el uso excesivo de la fuerza criminal para inmiscuir a quien se deje, aun sin su consentimiento.

Ellas jamás quisieron ser reinas, sólo les tocó ser presas. Y aunque hoy están libres, ¿cuántas de las más de diez mil no tuvieron la misma suerte y están condenadas, no por delinquir, sino por mero azar?

Pero el resto, reinas y presas de una ambición que a muy pocas les resultó en sus sueños y deseos de superación por la vía fácil.

Ahí está Sandra Ávila, soberbia y desde siempre segura de que saldrá bien librada.

Y auque todavía el caso no termina en su totalidad, ya mira satisfecha cómo ha salido de casi todas sus acusaciones y con la seguridad de que no volverá a ser juzgada por lo mismo en un futuro.

La Reina del Pacífico es sólo una, si no la única, de todas esas mujeres que dio la vuelta a quien quiso ser su rey y que terminó sirviendo a ella. Pero es la excepción, porque la realidad es que, tristemente, la mayoría de las mujeres que se relacionan con las bandas criminales son las que quedan bajo una sombra de encierro y anonimato.

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