El mensaje de Madrid

Es una generación que no entiende el mundo que les dejaron sus padres.

Cuatro de cada diez jóvenes españoles menores de 25 años están desempleados. Es una generación que no entiende el mundo que les dejaron sus padres, ni tampoco el rol que, se supone, deben jugar en él. Son jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad con Rodríguez Zapatero en el poder, y que vivieron su adolescencia en el gobierno de Aznar, en aquella época gloriosa en que España vivía en el Primer Mundo. El dinero fluía y era común que la gente fuera capaz de pagar una segunda o incluso una tercera hipoteca para tener casas en la playa, en el campo, en la montaña. La economía estaba basada en el negocio de la construcción y el turismo, y hacia allá se enfocaba la oferta educativa y de formación profesional. Sin embargo, todo terminó en unos cuantos años. Hoy, esos jóvenes se encuentran sin una salida clara, sin una perspectiva a futuro. Y comienzan a buscar respuestas. No entienden cómo es posible que los bancos —y sobre todo los banqueros— tengan utilidades altísimas mientras que a ellos les quitan sus casas y les niegan el crédito. No entienden las fotos de las fiestas de gran lujo que llenan las revistas de sociales, mientras ellos toman vino de tetrabrik con refresco de cola sentados en el piso de una plaza pública.

Por esto comenzaron a quejarse hace tres meses. Por esto se movilizaron y detuvieron desahucios, organizaron marchas y reuniones, en alguna de las cuales incluso estuvo presente Joseph Stiglitz. Y por eso fue tanta la molestia cuando fueron desalojados de la Puerta del Sol, en Madrid.

Es complicado entender la relación de los españoles con la Iglesia católica desde la perspectiva mexicana. El contexto es muy diferente, y es muy difícil explicarlo sin caer en el simplismo: la Iglesia católica en América Latina ha seguido procesos muy distintos a la española y, en el caso específico de México, el conflicto religioso de principios del siglo XX hizo que la separación entre Iglesia y Estado fuera mucho más efectiva que en España. Por ejemplo, en México sería impensable ver un cuerpo militar en una procesión religiosa o hablar de sacerdotes castrenses. Ni qué decir de jurar cargos frente a una biblia o tener crucifijos en las escuelas públicas. Son dos países con dinámicas muy distintas, procesos sociales completamente diferentes y, en el caso español, una transición que, si bien ha funcionado en el plano legal y gubernamental, ha dado cabida a que los extremistas de ambos bandos tomen cada vez posiciones más alejadas y provocadoras. Cualquier excusa es suficiente para politizar los temas más diversos: desde los relativos a la salud reproductiva hasta la prohibición taurina o los espacios libres de humo. Todo sirve cuando se puede tomar como bandera para molestar o ridiculizar al adversario. Fachas contra rojos. Pijos contra perroflautas.

Cuando tuvo lugar el desalojo de la Puerta del Sol, una de las versiones para explicarlo fue que por ahí pasaría el Papamóvil. Un ingrediente perfecto para seguir atizando el fuego de las protestas, un motivo ideal para indignar aún más a los indignados. Al mismo tiempo, comenzaba a construirse el escenario para la misa que se celebrará en la Cibeles, justo en la explanada del antiguo edificio de Correos y que ahora alberga al ayuntamiento. El lujo y lo faraónico de una obra que, por otra parte, es provisional, se complementó con la información sobre los gastos que se generarían por la visita y los beneficios y privilegios de que gozarían los peregrinos: cuando, la semana pasada, se anunció un incremento de 50% al boleto del metro y, a la vez, un descuento de 80% para los peregrinos, la respuesta de los indignados no se hizo esperar y, esta vez, apoyada por un sector de la Iglesia española que no está de acuerdo con el desplante de poder y movilización de masas en un momento que es complicado no sólo en España, sino en el mundo entero.

Porque la visita de Benedicto XVI a las Jornadas Mundiales de la Juventud, que tienen lugar esta semana en Madrid, es confusa incluso en términos de protocolo internacional: es una visita que no es oficial, sino pastoral, en la que al Papa se le rendirán honores de jefe de Estado. Por las calles se ven banderas y símbolos que aluden al Estado Vaticano, a la par de las meramente religiosas. Tanto el rey como el presidente de gobierno se reunirán con Benedicto XVI, y es de esperarse que los mensajes de su discurso sigan en la línea de sus discursos anteriores: una crítica acerba al laicismo del Estado Español, y un llamado de atención a la juventud de todo el mundo.

Sin embargo, es interesante saber cuál es el mensaje central de los discursos de Benedicto XVI. Cuál será el mensaje de Madrid. Mientras que los jóvenes de los años sesenta y setenta lucharon por la libertad y los de los ochenta y noventa lo hicieron por la democracia, los jóvenes del nuevo siglo parecen no tener muy claro cuál es el lugar que les corresponde. No saben bien cuál es la lucha que deberán enfrentar o el rol que juegan en una sociedad que los identifica más como consumidores que como ciudadanos, en un momento en el que, a pesar de que la comunicación es más accesible que nunca, el egoísmo y la soledad son los problemas de una generación entera. Las Jornadas Mundiales de la Juventud se presentan como una ocasión perfecta para enviar un mensaje concreto e incluyente, revelador, a todos los jóvenes y no nada más a los católicos. A la juventud que puede —y debe— cambiar el mundo. Un mensaje directo, también, a los jóvenes indignados que, muy probablemente mientras usted lea estas líneas, se están manifestando en contra de una visita que perciben como la intrusión de una Iglesia que sienten lejana y ajena, conservadora, crítica y que nada tiene que ver con ellos.

El polémico arzobispo de Madrid, Antonio Rouco Varela, dijo hace un par de días que el Papa es “la única instancia capaz de convocar a un millón de jóvenes de todo el mundo”. Probablemente tenga razón. Ahora veremos si la convocatoria se traduce en un millón de jóvenes dispuestos a cambiar el mundo o, como se empieza a ver en algunas zonas de bares, en una semana de marcha madrileña multitudinaria por las noches y rezos con resaca por las mañanas.

                *Analista político

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