La Mano con Ojos
En las declaraciones dadas tras su detención, a García Montoya no se le observa otra cosa que no sea la falta de escrúpulos

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Su cabeza valía cinco millones de pesos. No cualquier cifra. Y, cómo no, él es uno de los más peligrosos sicarios de los que se tenga registro en el México contemporáneo. Su campo de batalla eran los municipios colindantes al Distrito Federal en el Estado de México: Cuautitlán, Huixquilucan, Naucalpan, Tlalnepantla, algunos de los espacios donde operaba el brazo armado del cártel de los Beltrán Leyva. Es La Mano con Ojos, y su líder, identificado tras su captura como Óscar Osvaldo García Montoya.
Y sí, es todo un personaje, como de novela de suspenso, de terror. Hasta el nombre de aquélla, su organización, queda al punto para identificarse lúgubre. En las declaraciones dadas tras su detención, a García Montoya no se le observa otra cosa que no sea la falta de escrúpulos. Tajante, directo y sin reparo, confiesa sus crímenes, casi 300; también sus nexos con Arturo Beltrán y con Édgar Valdez Villareal, La Barbie para los cuates y para el resto. Incluso declaró sobre los acercamientos que hubo con Los Zetas y con los Arellano y el cártel del Golfo. Pero no, ninguna de esas uniones se concretó porque él, todo un matón con principios bien forjados, no estuvo jamás de acuerdo con el secuestro y la extorsión como métodos de control. Lo suyo, lo suyo, era matar. Y así lo hizo.
Con esa serenidad que asusta, cualidad que le engorda la sangre fría, requisito indispensable para convertirse en un asesino de su calaña, también declaró su odio al titular de la Procuraduría mexiquense, Alfredo Castillo. “Le traía coraje (…) Te hubiera matado, te hubiera encontrado y hecho pedazos…”, dijo, sin inmutarse y sin arrepentimiento.
Hoy, nos amanecimos con un asesinato y un cuerpo colgado en la zona de Interlomas. Sí, también obra de La Mano con Ojos; un crimen de la autoría de García Montoya y que, según él declaró, forma parte de una serie de órdenes dadas para enfrentarse a las autoridades mexiquenses.
La captura de este criminal, sin duda, es una de las más importantes de los últimos años. Una victoria con la que la PGJEM puede limpiar un poco su nombre, tambaleante tras casos polémicos y mediáticamente poderosos, como el de Paulette o los detalles sobre capturas de grandes nombres del narco y que han tenido lugar en el territorio mexiquense. Aunque también en la polémica por los hechos documentados, y hoy ya denunciados, que el poeta Efraín Bartolomé hizo sobre el ingreso de agentes de la PGJEM en su domicilio (ubicado en el Distrito Federal) y que ya la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal reiteró, se realizó sin las medidas necesarias para garantizar la seguridad de los ciudadanos. Y esa es una falta absoluta de pericia y coordinación entre las autoridades responsables de estos cateos.
Osvaldo García Montoya, detenido ya y encerrado y, esperamos, con un futuro poco distinto al encierro, es una evidente muestra de la maldad a la que se ha decidido enfrentar. Ya lo decía Francisco Cruz Jiménez en una gran investigación sobre la vida criminal ligada al narcotráfico que se vive en el territorio próximo al Distrito Federal, sí, el Estado de México, él la llamó Tierra Narca; aunque con la historia de La Mano con Ojos es, en realidad, tierra macabra: el horror mismo del narco…