Las disyuntivas del Puiu

Reaccionarios hay. Para vender, rentar, subastar o regalar.Y, de entre todos ellos, la Palmade Oro se la lleva Richard Nixon.

        A Nicoleta y a Puiu,

        hasta los áureos trigales del Septentrión.

        Más que amigos, amados.

        Más que amados, indispensables.

Richard Nixon ha sido probablemente el presidente gringo más reaccionario de todos. Al menos del siglo XX. Antes me pierdo. Y, me temo, también se perdían ellos. Difícil designación y honor discutible, en medio de una panoplia de reaccionarios aborrecibles.

Se dirá que Harry S. Truman ordenó lanzar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, enormidades bestiales sin parangón en la historia. Como mago de chistera, consiguió lo que parecía imposible: que Auschwitz y Dachau parecieran cuestiones menores.

Pero en su descargo, pobre Harry (¡!), deberemos considerar que eran tiempos de guerra y que, se dice, en la guerra todo se vale. No es verdad, pero se dice. Y la palabra tiene siempre un peso decisivo e indiscutible. Entre otras cosas, es preciso y leal —y despectivo— recordar que, durante la guerra, el poder lo detentan los militares. En todas la guerras. Son ellos los que toman las decisiones. Los civiles con cargos “representativos” son simples muñecos de guiñol.

La mejor prueba de tal jerarquía la da el hecho de que el presidente que siguió a Truman en el Salón Oval (oval de huevo, como se demostraría 40 años después) fue un militar, el general Dwight D. Eisenhower. El comandante supremo, durante la muy reciente Guerra Mundial, de los ejércitos gringos en el “Frente Occidental”, es decir, en Europa y en el Norte de África. Nada menos.

Fue el primer primer mandatario estadunidense en visitar la españa franquista en 1959, y autor de la tristemente célebre Doctrina Eisenhower, según la cual, cuando se sospechara la presencia de comunistas en cualquier lugar del mundo, sin pensarlo dos veces, había que ir y partirles la madre. Con los medios necesarios. Y ya sabemos lo que “medios necesarios” significa en el argot militar de los pueblos que habitan la ribera izquierda del Bravo.

O sea, que reaccionarios hay. Para vender, rentar, subastar o regalar. Y, de entre todos ellos, la Palma de Oro se la lleva, sin lugar a dudas, Richard Nixon. No voy a hacer aquí su biografía. Dios me libre. Básteme mencionar que el vicepresidente de Eisenhower, el “compañero de fórmula”, fue él.

A trancas y barrancas el señor Nixon llegó después a la presidencia de Estados Unidos. Y, a trancas y barrancas, tuvo que irse de ahí, después del escándalo del “Portal de Agua”, Watergate. Con el rabo entre las piernas. Rabo que, de tanto pisarlo, ya parecía de castor. O séase, además de carca, güey.

Pero hete aquí que, como en los cuentos de hadas, el sapo se convirtió, no en príncipe (los cuentos de hadas, ya lo sabemos, luego exageran durísimo), sino en saltamontes. Y en 1972 Nixon se convirtió en el primer gobernante yanqui en visitar la República Popular China. No era, y sigue sin serlo, cualquier cosa.

Fíjese bien, no fueron los dirigentes chinos los que se desplazaron a Washington. Qué va. De Mao ya ni hablemos. “Si quieres, vienes y me rindes pleitesía”. Y así se hizo. Ese comparsa de Eisenhower, ese retrógrado impresentable, fue a Pekín y le reverenció honores al cabecilla de la Gran Marcha.

Y dicen y cuentan que en una de tantas entrevistas del tal Nixon con el primer ministro Chou-En Lai (A Mao lo vio una sola vez, para la foto; no se la vaya a ir creyendo este alzado), el yanqui, con aire quejumbroso, le mencionó que el escollo que había para que EU normalizara sus relaciones con la RPC era que en esta última no había democracia.

A ello, Chou, al que no se le iba ni una mosca con las alas plegadas, respondió: ¿A qué se refiere exactamente usted con democracia, amigo Nixon? Al buen Richard, al que nunca le habían planteado tal cuestión, ni nunca se la había planteado él mismo, la lengua y el hemisferio cerebral izquierdo se le trabaron.

Trastabillando, alcanzó a responder: “Pues que tuvieran ustedes elecciones, digamos”. A lo que Chou, entrecerrando sus ojos (aunque parezca mentira, los chinos también entrecierran sus ojos), replicó: “Elecciones, tenemos, amigo Nixon. La Asamblea Popular Nacional es elegida por voto directo de la población”.

“Pues sí, hmm, ya sabía, pero sería bueno, digamos..., en mi país se vería con buenos ojos que para que la democracia fuera efectiva y convincente, hubiera más de un partido, hmm”. A lo que Chou, sin inmutarse y cerrando un microradián más sus ojos, respondió. “Ya veo, ya veo... Más partidos. ¿Dígame, presidente Nixon, con dos sería suficiente?”

A lo que el más alto funcionario del Imperio no tuvo más que responder: “Hmm, pues sí... hmm, supongo que sí... hmm”. La situación se le hizo familiar al buen cuáquero.

Es esa una, sólo una, de las paradojas que aquejan a la democracia actual. En otras palabras: ¿La democracia implica necesariamente la alternancia o no es indispensable? ¿Puede un régimen eternizarse en el poder, puesto que la mayoría que lo elige permanece como tal, como mayoría, durante lustros y decenios?

Y es el Puiu Cosma, al que no se le va una, casi como a Chou-En Lai (Al Puiu, las moscas, si en lugar de plegar las alas, las mantienen extendidas y se dejan caer como rehiletes, luego sí se le van), el que me hace ver dos paradojas-contradicciones más, del concepto mismo de democracia.

¿Qué pasa con aquellos que no quieren someterse a la decisión mayoritaria, que no quieren jugar a la lotería democrática? ¿Deben ser obligados, forzados, a doblegarse a la decisión demográfica? No hay nada en este mundo más alejado del supuesto espíritu democrático.

Y la tercera, más complicada, consiste en admitir, o no, que las minorías deben conformarse a serlo per secula seculorum. ¿Así debe ser? ¿El pensamiento hegemónico dejará alguna vez de serlo? ¿Representado por una o dos opciones? Puede ello cambiar de alguna manera? Esta es la disyuntiva del Puiu.

        *Matemático

            bruixa@prodigy.net.mx

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