Somos el ejemplo del mundo

Lo que en otros países seríala peor pesadilla, el

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Las imágenes son tan poderosas que están en la mente de todos nosotros. Manifestantes, gente en la calle, disturbios. De manera continua, en todo el mundo. Gobiernos, investigadores y periodistas buscan los rasgos en común y apuntan erróneamente hacia el mensajero: las redes sociales, los nuevos medios informativos, los servicios de mensajería instantánea.

En Londres, por ejemplo, lo que comenzó como una protesta local tras la muerte de un ciudadano, rebasó las fronteras raciales y geográficas en poco tiempo y los disturbios se extendieron a otras ciudades. En un instante, la motivación inicial se perdió y comenzaron los saqueos e incendios a comercios que, tras el desconcierto inicial, fueron controlados por la policía.

En Madrid, las manifestaciones de los indignados llenaron las calles de miles de personas que exigían un cambio. Algunos no sabían bien qué es lo que querían que cambiara, pero estaban seguros de que la situación no podía seguir así. Terminaron por tomar la Puerta del Sol, fueron desalojados, regresaron y posteriormente echados de nuevo, una madrugada de hace algunos días, por la policía. Finalmente, se les permitió regresar, pero sin acampar en la plaza.

En Egipto, la gente terminó por conseguir la dimisión de Mubarak tras una serie de protestas multitudinarias. Posteriormente, y en un hecho histórico, el ex presidente fue llevado a juicio, en otra imagen, igualmente histórica: Mubarak aparecía ante las cámaras derrotado, vencido, en una cama de hospital y dentro de una jaula. Una jaula para un dictador cuya fortuna se supone que supera los 70 mil millones de dólares.

¿Cuál es el punto en común en estos tres ejemplos? ¿El uso de Twitter? ¿Las BlackBerries? ¿Facebook? ¿Los mensajes de texto? Sí, pero no. Eso es lo superficial. El punto en común es que, tanto en Londres como en Madrid y en El Cairo, las instituciones fueron capaces de hacer frente a la emergencia y cumplieron a la ciudadanía, de tal manera que el problema no se hiciera mucho mayor. Las instituciones fueron capaces de brindar certidumbre jurídica y asegurar la continuidad de operaciones. Se controla la contingencia, se atienden las demandas ciudadanas y se garantiza que la vida, en la medida de lo posible, continúe. Posteriormente se evaluarán tanto los daños como las circunstancias que provocaron las revueltas, y se tomarán medidas al respecto. Si son problemas de desigualdad y falta de integración, como en Reino Unido, o de falta de oportunidades y cambio en el sistema político en España o, definitivamente, de cambio de administración en Egipto, la respuesta tiene que ser inmediata y que no deje lugar a dudas: si el Estado persiste en las políticas que no benefician a la comunidad, la presión tendrá que escapar por algún lado y será mucho mejor si esta presión escapa bajo el control de las autoridades.

¿Qué hubiera pasado si las autoridades no hubieran sido capaces de atender las emergencias que se presentaron en su respectivo país? La respuesta es dolorosamente sencilla. Si las autoridades no son capaces de brindar oportunidades a su población, ésta tratará de emigrar al país que sí se las ofrezca. Si no hay empleo, y las desigualdades se incrementan en una población que premia el consumismo, los ciudadanos tratarán de satisfacer esas necesidades, a pesar de que sean ficticias, de la manera más rápida posible, aunque ésta no sea legal. No con simples atracos, sino con un AK-47. Si las autoridades no son capaces de dialogar y resolver las necesidades de los manifestantes, éstos se quedarán de manera indefinida en las calles mientras no se cumplan sus exigencias (lo mismo pasará si les dan todo lo que les exigen, de inmediato). Si no hay garantía de que las instituciones sean capaces de juzgar a los políticos corruptos, así estén en una cama de hospital, las tropelías de los políticos que no se sienten amenazados se sucederán y acumularán durante años.

¿Le suena familiar? La migración masiva por falta de oportunidades; la vida fácil del narco y la violencia extrema por obtener lujos que de otra manera serían inimaginables; las ciudades estranguladas por manifestaciones cotidianas. Lo que, en otros países sería la peor pesadilla, el “¿y qué pasaría si no hiciéramos nada?”, aquí ya está ocurriendo. Vaya, llevamos años con ello.

En realidad no tenemos que preocuparnos por lo que sucedería en México si llegaran las muestras de descontento que se dan en otros países. Aquí ya se dieron, y no supimos atenderlas. Aquí estamos luchando, ahora, con las consecuencias de esos descuidos. La migración ilegal, el narcotráfico, la inseguridad, la poca gobernabilidad. Eso es a lo que se exponen los demás países si no atienden el doloroso ejemplo mexicano. Lamentablemente, somos el ejemplo del mundo.

La pregunta, en cambio, debería ser en el sentido de qué podríamos hacer para superar la situación en la que nos encontramos. Es ahí a donde debemos voltear. Al punto que tienen en común las revueltas disímbolas, pero controladas: la fortaleza de las instituciones, que son capaces de controlar y dar una salida rápida, legal y con certeza jurídica, a las demandas de los ciudadanos. Y esa fortaleza sólo se puede lograr con transparencia y rendición de cuentas de parte de los funcionarios que las integran. Ese es el punto crucial para revertir la pobre gobernabilidad que vivimos.

Gobernabilidad, fortaleza de las instituciones, transparencia y rendición de cuentas. Porque, de lo otro, de la tentación por controlar o restringir las redes sociales, mejor ni hablar. Ya tratamos, una vez, de hacer un registro de usuarios de la telefonía celular, y todos sabemos cómo terminó. ¿O se imagina encontrar sus mensajes privados, a la venta, en Tepito?

        *Analista político

        contacto@victorbeltri.com

            www.twitter.com/vbeltri

Temas: