Protestas y redes sociales
Regímenes con poder absoluto como los depuestos en África, democracias recientes como la española o como la inglesa, pierden el dominio para regular la irrupción de ciudadanos, de jóvenes y minorías en el debate público a través de nuevos medios de comunicación como Twitter o Facebook.

José Buendía Hegewisch
Número cero
Desde la Primavera Árabe hasta los Indignados en España y ahora los disturbios en Inglaterra, el común denominador de los gobiernos es la pérdida de control sobre los nuevos espacios para la movilización en redes sociales.
Regímenes con poder absoluto como los depuestos en África, democracias recientes como la española o de la más larga data en Occidente como la inglesa, pierden el dominio para regular la irrupción de ciudadanos, de jóvenes y minorías en el debate público a través de nuevos medios de comunicación como Twitter o Facebok. El descontrol sobre estas nuevas tecnologías muestra también que el “cuatro poder” de los medios de comunicación tradicionales —televisión y radio—no representa realmente un desafío al statu quo, aunque —en democracia—se le atribuya la función de vigilar al poder político. Su funcionamiento como poderes económicos favorece su lealtad, y hasta el contubernio, con el establishment y el poder político. No así las redes sociales, que devuelven la voz al individuo con sólo tener un teléfono móvil y una conexión a internet.
Ningún país, incluido México, es ajeno a este fenómeno, que implica un cambio profundo de reglas de juego para el funcionamiento de los controles tradicionales del Estado ante reclamos como los que hay contra los durísimos planes de ajuste por la crisis de las deudas en Europa y Estados Unidos, o el repudio a la violencia y por la paz aquí.
Los nuevos medios están tan lejos de la vigilancia gubernamental que han sido incluso usados por el crimen organizado para desatar campañas de narcoterror.
Una muestra del desconcierto e impotencia que provoca en los Estados es la amenaza del gobierno inglés de bloquear internet ante la protestas, aunque atente contra la libertad de expresión y cancele derechos civiles en un país en que éstos son la base de su Constitución. Una pretensión que compartiría una larga lista de países desde Estados Unidos hasta regímenes autárquicos como China, interesados en intervenir en las redes sociales o perseguir a hackers informáticos que difunden información reservada en la red como WikiLeaks.
Ante el caos en las calles inglesas, el primer ministro, David Cameron, preferiría aislar a la población de las redes sociales y bloquear los servicios de BlackBerry, Facebook, Messenger o Twitter como cualquier líder autoritario.
El riesgo para la democracia es que para aplacar disturbios civiles muchos gobiernos convendrían en intervenir comunicaciones públicas. El argumento: que las redes sociales se usan para instigar al desorden, crear caos, disturbios, coordinar saqueos, como acusó Cameron.
Hasta la vieja democracia británica mostró que pondría en peligro los derechos civiles para recuperar el control y la seguridad, algo que unos meses antes los europeos condenaban de China, y de los regímenes árabes que en Egipto o Túnez se lanzaron a encarcelar a los que convocaban a las protestas a través de la red.
Pero la experiencia muestra que intervenir o cortar internet —como intentó Mubarak en Egipto— no hacen más que exacerbar las protestas y llevar más gente a calle.
El empleo de las redes sociales en el reclamo social cambia las reglas del juego para cualquier intención de imponer el control estatal. Los antiguos términos de intervención a los medios tradicionales, como la censura, están condenados al fracaso en las redes sociales.
Los ciudadanos también han encontrado en éstas un espacio para superar el contubernio que, tanto en democracias como en autoritarismo, llevan a medios y poder público a defender el statu quo para mantener grandes negocios económicos. En Inglaterra y otros países han probado que son instrumentos eficaces para superar esa “cultura del miedo en el corazón del Estado” con que Timothy Garton Ash explicó recientemente la influencia del magnate mediático Rupert Murdoch sobre el gobierno británico.
Las reacciones oficiales en Europa o el mundo árabe frente las protestas no son ajenas a ningún país, por estar engarzados todos a la red. En ninguno el poder político cuenta con herramientas para controlarlas y, en todos, los ciudadanos pueden participar en el debate público sin depender de los medios tradicionales. En México, la concentración mediática y la “cultura del miedo” que también existe en el “corazón” del Estado respecto a los grandes conglomerados, son una invitación para el crecimiento de los nuevos medios. Y como también escapan de los términos y medios tradicionales del control político, el gobierno mexicano no tendrá otro remedio que adaptarse a las nuevas reglas del juego.
*Analista político