Cuando fuimos chicos y comíamos
Antes digan que comemos, poco, y ya porque la naturaleza se adapta a la inopia.
Como estamos viviendo un tiempo hórrido en el que el mañana existe, pero quién sabe cómo, lo que ganamos y guardamos en el banco ya no existe, lo que ayer percibíamos en el periodismo se lo llevó el carambas, las conferencias impartidas en la República se acabaron (había un ángel de la guarda, mi dulce compañía, Enrique Cortázar, que nos invitaba cada dos años al menos a dar una conferencia San Antonio, Texas, e íbamos vueltos locos a comer ricuras, a conocer a los mexicas allí abrigados de las malas témporas, y a comprar calzones pantalones y enaguas sin igual por muy bajo precio que Cortázar conocía). Hoy, aquella alegría se acabó. Eran los aires de la ciudad llena de banderas y vacas de porcelana; era la todavía esperanza; era la cena primordial con el Cónsul casi literario al que nosotros aquí en México le decíamos “el ángel dorado”; era, pues, una esperanza: ropa nueva, ciudad nueva, comida nueva, y la risa amorosa que te platiqué. Todo se acabó. No ha habido otro trabajador por México en el extranjero como Cortázar, pero claro, en nuestro país, a los buenos se les borra. Es en realidad el pasado. Pero no era ese mi tema hoy, sino las ganas de volver a ser joven, ir a Guanajuato, recibir la medalla Diego Rivera y reunirnos en la noche, en la casa de mi prima Gloria Ávila, casa y ella muertas, con mis hermanos, con Cristina Pacheco, también medalleada, con Jaime, mi compañero, Pedro Buchanan, Martita Villaseñor, y otros, todos muertos, junto a Gloria, mi quijotita guanajuatense… Comimos un cocido divino, nos reímos como locos mansos; mi hermana Teresa Mendoza —nada que ver con el narco— estuvo sublime, y luego cayó la noche con el clásico horizonte de perros de mi tierra, y nos fuimos a dormir como si supiéramos que era la última vez que nos íbamos a ver respirando y carcajeándonos.
La vida se va a tontas y a locas, sin más. Yo, claro, no me quiero morir, pero cuando veo tanta gente mía que se fue, considero un milagro seguir vivita y coleando, con bastón y todo; corro tras mi perro si se sale a la calle y grito que se pare el tráfico —y se para— a fuer de no matar al idiota Petronio, que ese sí se muere por morirse. Y luego pienso “¡Dios mío! qué voy a hacer con tanto muerto…” Mi hermano el Códice, Eduardo Césarman, Héctor Azar, José Carlos Becerra, Juan Manuel Torres, mi mamá, mi papá, mis perros… Entonces trato de rehacer para ustedes y no hablarles del horror de las bolsas de valores del mundo entero, de la mortandad de negros y cafecitos, de las pestes y enfermedades varias, de la pobreza que nos asuela… Ya me ven a mí a mis años dando conferencias para no morirme de hambre… “¡No es justo, mi Dios!..” Gloria servía como su mamá Concha, mi tía: Cuete en adobo, pata de ternera en chile verde, carne asada al carbón, riñoncitos fritos de res, manchamanteles de pollo o cerdo, o su maravillosa lengua de ternera mechada con alcaparras y aceitunas. Su platillo más sublime eran los patos a la naranja o las bendecidas mil veces langostas en jitomate…
Ahora, antes digan que comemos, poco, porque la naturaleza se adapta a la inopia y ya ni hambre tenemos. Pero… cómo no evocar aquellas témporas dignas de Bergman el cineasta, con las torrejas al ron de Gloria, la carlota rusa de mi primo Héctor Fink, el coctel de mandarina de mi mamá, la cajeta de calabaza de mi prima Luchitey… Tiempos idos… yo ya no mastico ni chicle.
*Escritora y periodista
marialuisachinamendoza@yahoo.es
