El último Keats
Después de ver la película, uno desea leer a Keats, conocer su producción más de cerca
Quienes disfrutamos de la poesía, tarde o temprano acabamos adentrándonos en la vida de los poetas, quizás sólo para confirmar cuántos de ellos fueron infelices por vocación. Lamentamos, por un lado, que la belleza que surgió de su pluma haya tenido, como origen, su incapacidad para adaptarse a la sociedad y al mundo que les tocó vivir. Por el otro, nos preguntamos si el costo que pagaron para generar esa belleza de veras tuvo que ser su desdicha.
Entre los poetas más desventurados se cuenta, sin duda, John Keats. A diferencia de Byron, Shelley y otros de sus contemporáneos, él no pertenecía a las altas esferas de la sociedad. Dependía de sus amigos para pagar la renta de los sitios donde habitaba y hasta para comer. La crítica no le fue favorable y, para acabar de arruinar el cuadro, padeció tuberculosis. Aunque, a la fecha, está considerado una de las cumbres del romanticismo y sus odas han sido discutidas por cientos de autores, entre los que se cuentan Wilde, Cortázar y Borges, él murió a los 25 años, con la convicción de que era un fracasado.
Su auténtica tragedia, sin embargo, fue no estar —no querer estar— a la altura del amor de Fanny Brawne, quien le ofreció, una y otra vez, una vida “normal”. Sus miedos e inseguridades, así como la enfermedad que, finalmente, le condujo a la tumba, le sirvieron como pretextos para negarse los sencillos placeres que habría implicado una relación de pareja estable. Pero él parecía decidido a boicotear este género de felicidad.
Ahora que empieza a circular en México la versión de la película Bright Star (2009), con el horrible título de El amor de mi vida, es posible conocer muchos de los aspectos del drama de Keats y de Fanny, interpretados por Ben Whishaw y Abbie Cornisa, respectivamente. Dirigida por Jane Campion, a quien ya conocíamos por El piano (1993), la película conjuga lo mejor del cine del Reino Unido, Australia y Francia. La fotografía y ambientación de la Inglaterra dieciochesca, así como los soberbios retratos sicológicos de los personajes, hacen de éste un trabajo memorable.
Quizás Whishaw no se parezca al célebre retrato que pintó Joseph Severn del poeta pero, en todo momento, comunica la indecisión y la morbidez que debieron caracterizarlo. Abbie Cornisa, por su parte, nos revela que no se necesita ser una belleza para transmitir el vigor de una mujer inteligente, culta y sensible, tremendamente limitada por los prejuicios y exigencias de la época. Todo es creíble. Todo es entendible en esta historia.
Después de ver la película, uno desea leer a Keats, conocer su producción más de cerca. Bright Star es, justamente, una de las baladas que mejor desnuda sus miedos: “Si yo pudiera ser constante… si pudiera vivir siempre, recostado en el pecho de mi amada…”. Pero no pudo, o no quiso. Ante la conciencia de su falta de carácter, se resignó a sufrir y, en cierto modo, se solazó en ello. ¿O era esto, quizás, lo que buscaba en el fondo? Porque, a lo largo de la película, el espectador intuye que las cosas tuvieron que ocurrir así para que se fraguaran poemas como Endimión, Hyperión e, incluso, las célebres Oda a una urna griega o la Oda a un ruiseñor.
En cualquier caso, con Bright Star y sus inolvidables personajes —Boots, la simpatiquísima hermana de Fanny, o el odioso Charles Brown— la directora neozelandesa confirma que es una de las grandes protagonistas del cine en los umbrales del siglo XXI.
