¡Lástima, señor secretario! Qué manera de desperdiciar la oportunidad de su vida

El titular de Hacienda tenía todo para lucir a plenitud, mostrarse sin limitaciones como hombre de Estado con visión de futuro, pero falló.

El mensaje del secretario de Hacienda —“La crisis financiera reciente y su manejo por México”— constituyó, para quien lo dio, la oportunidad de su vida.

La situación producto de la rebaja de la calificación de los papeles de deuda del gobierno de Estados Unidos creó, para el secretario de Hacienda, uno de esos momentos para los cuales los políticos trabajan denodadamente toda su vida y luchan sin descanso buena parte de su vida profesional.

Tenía todo para lucir a plenitud; para mostrarse sin limitaciones como hombre de Estado. Fue la oportunidad de su vida para lucir —sin restricciones y con la atención concentrada en él de buena parte de la clase política, los empresarios y los medios— como un político con visión de futuro y mostrar sus cualidades en cuanto a presencia, capacidad de comunicar y seguridad en sí mismo para encabezar a su partido como candidato a la Presidencia de la República y disputar, con pleno derecho y merecimientos, el triunfo al candidato del PRI.

Sin embargo, al igual que Víctor Trujillo le decía a un derrotado Ausencio Cruz en La Caravana —“¡Lástima, Margarito!”—, anteayer por la tarde sólo pude exclamar —una vez que terminó su “mensaje”—, ¡Lástima, maestro Cordero!

No tiene caso repasar algunos de los párrafos de su intervención y menos cebarse en los errores de sintaxis o en su soberbia cuando pretendió darles lecciones a Estados Unidos y varios países europeos en materia de reformas estructurales las cuales, ridículo mayor, jamás hemos mostrado aquí la menor disposición y voluntad para concretarlas.

Tampoco tiene el menor sentido traer a colación el pésimo lenguaje corporal —más adecuado para un gerente que para un hombre de Estado— y la pésima lectura de un mensaje soso y pretendidamente objetivo que con cada nuevo párrafo leído por el maestro Cordero, éste se colocaba —sin hacer el menor esfuerzo para detener su carrera al abismo—, a años luz de poder portar la banda presidencial.

La decepción que me produjo lo que vi se debe —sin duda alguna— a que buena parte de los problemas que deberemos enfrentar durante la próxima administración tendrá que ver con nuestra mediocre economía y la debilidad estructural de nuestras finanzas públicas y a que frente a ellos, la participación del secretario de Hacienda como candidato a la Presidencia habría permitido conocer sus opiniones al respecto. Al verlo y escucharlo, no pude menos que coincidir con quien recordó al licenciado Bermúdez: “Era suya, la tuvo en sus manos y la dejó ir”.

Las oportunidades desperdiciadas —tanto la del secretario de Hacienda como las que tuvieron nuestros gobernantes desde hace cuarenta años cuando menos—, legitimaron una conducta gris y sin la menor pasión de buena parte de nuestros funcionarios y políticos. Sus intervenciones, particularmente aquéllas en momentos decisivos, son actos fallidos que reflejan el país mediocre y conformista construido en estos últimos cincuenta años.

Un país con tantos problemas como éste, requiere algo más que un grisáceo gerente de administración; exige un líder con visión de futuro, y el empuje y ambición para ponerse al frente de millones de desencantados. ¡Lástima, maestro Cordero!

Que pase, pues, el siguiente concursante.

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