El lobo hombre

El problema en este caso es que no hay por dónde entrarle a Boris Vian. Esta es una columna imposible. Inescribible...

No busco la felicidad

de todos los hombres,

sino la de cada uno.

B. V.

La espuma de los días

Esta es una columna imposible. Inescribible. Y, sin embargo, la abordo. Los desafíos me hechizan. Aunque sepa de antemano que los voy a perder. A lo mejor es precisamente eso lo que me los hace atractivos, irresistibles.

Los hombres como el protagonista de esta columna no acostumbran a pasar a la historia, ni a la historia chica, que se mide en decenios, ni a la historia grande, que se mide en siglos. Aunque hayan dejado una obra apabullante, de un tipo u otro, son incómodos. Más allá, insoportables.

Y la memoria colectiva prefiere cubrirlos con una bruma densa a ras de suelo, suelo que los acabara absorbiendo, a la manera de un limo pegajoso, pero que, quieran o no, seguirá ahí. Y que se convertirá, con el tiempo, en una especie de abono tan indeseado como insoslayable, de quién sabe qué. El problema en este caso es que no hay por dónde entrarle. Nuestro hombre es una madeja sin puntas.

Nació en Ville-d’Avray, cerquita de París, en 1920. Por lo visto sus padres decidieron celebrar en la cama el fin de la guerra y la derrota de los alemanes. Vivió una infinidad de vidas de una intensidad perturbadora en tan sólo 39 años. En ese tiempo tuvo tiempo para dedicarse a la literatura (cuentista, novelista, poeta, dramaturgo, traductor y letrista), al cine, a la música (compositor, intérprete y cantante) a la filosofía, a la ingeniería, al teatro (guionista y actor), a la pintura y a la bohemia. Se casó dos veces, tuvo dos hijos y usó 42 nombres. 43 si contamos el del registro civil, y al que también recurrió alguna vez: Boris Vian.

¿Por dónde empiezo? Y, una vez que haya empezado, ¿por dónde le sigo?, pero sobre todo, ¿cómo le hago para terminar? Aunque escribiera nueve volúmenes, a la Balzac, no me alcanzaría. Él solito es toda la Comedia Humana, en su más feroz expresión (ya sabemos que Comedia quiere decir Drama).

Este texto me ha tomado diez meses pensarlo y me tomará diez horas escribirlo. Y sólo diez porque Víctor Manuel, Oliver y Édgar no pueden esperar más. Y las rotativas menos.

El Desertor. Sin duda el poema más conocido de Boris (por llamarlo de alguna manera). Junto con el cuento el Lobo Hombre. Lo retrata bien. Es decir, creo que retrata bien una de las tres mil facetas de este diamante, de este auténtico Koh-i-noor que habló, cantó, tocó, escribió y provocó.

Le traduzco, con cierta pesadumbre, tres o cuatro de las cuartetas de su poema, al que él mismo le puso música e interpretó. Son los tiempos de la desgastante guerra de Argelia, en los que el gobierno francés se aferraba a un poder colonial que ya no poseía, y en la que cayeron miles y miles de resistentes argelinos, y no pocos jóvenes franceses que mancharon de rojo sus elegantes uniformes blanco-y-azul.

El original va en rima y ritmo, que no voy a respetar. Me tardaría otros diez meses: Señor Presidente / le mando esta carta / que quien quita caerá en su manos / y que leerá con suerte entre otras muchas./ Acabo de recibir / mi convocatoria a filas/ para que me incorpore a la guerra / antes del miércoles por la noche. /Señor Presidente,/ no me voy a presentar./ Yo no estoy sobre la Tierra/ para matar ese pueblo de bien.

Recorreré los caminos de Francia / proclamando a la gente/ ¡Niéguense a ir! ¡Niéguense a obedecer! / Si es necesario / donar la sangre por la patria / done la suya, Señor Presidente / Es usted un buen apóstol.

(Aquí me veo obligado a hacer un paréntesis y a explicarle, conmovido lector, que aquí la canción se bifurca y que existen dos versiones. La última estrofa de la letra con la que se grabó, dice: Si va usted a ordenar/ a sus gendarmes que me detengan / asegúreles que estoy desarmado / y que disparen sin miedo. 

(Pero el verso original, que Vian accedió a cambiar, con tal que su proclama musical no fuera proscrita e inaudible —no existían aún los casetes— era: Si va usted a ordenar / a sus gendarmes que me detengan/ prevéngalos que voy armado / y que no dudaré en disparar.) Me pregunto y le pregunto, reflexivo lector:¿Es lo mismo o es lo contario? Piense antes de responder.

Si usted la busca en YouTube no le costará encontrar El desertor, en su versión light al menos, interpretada por el propio Boris y por algunos otros (¡Ah, Lapin, Lièvre!). La interpretación del inolvidable Serge Reggiani es inolvidable.

El 23 junio de 1959 se estrena el film Iré a escupir sobre tu tumba, sobre la novela homónima, firmada por el más célebre de los heterónimos de Boris, Vernon Sullivan. Un escritor negro y gringo, particularmente perseguido y marginado. Sus desacuerdos con los productores lo llevaron incluso a exigir que retiraran su nombre de los créditos. Afortunada o desgraciadamente, no le hicieron caso.

Un hombre de estatura media, muy delgado, solo, compró su boleto en la taquilla, y se sentó en la última fila del Marbeuf, uno de los cines de más abolengo en París. La cinta transcurrió y terminó, con algunos aplausos del respetable, que a continuación empezó a abandonar el recinto.

Sólo ese hombre, delgado y de apariencia descuidada, permaneció sentado e inmóvil en la última fila, frente a la majestuosa sala vacía. Era Boris Vian. Y estaba muerto.

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