Escasea la serenidad, y abunda la precipitación; sólo hay 'el fin del mundo' y el 'no pasa nada'
En unos días, las aguas tomarán su nivel y este episodio
La turbulencia de estos días —producto del pánico más que de un análisis sereno y objetivo— dejó ver la carencia de algunos de los elementos fundamentales que debe tener todo el que participe en el mercado de valores en calidad de inversionista: Serenidad, capacidad analítica y decisión para privilegiar el análisis objetivo por encima del pánico y las decisiones producto del temor.
Es de tal magnitud dicha carencia, que sus efectos se dejaron ver no sólo en países “bisoños” en esto de “jugar en la bolsa” sino también en los que crearon estas instituciones.
Moverse de un extremo a otro en cuanto a las opiniones que uno mantiene acerca de ésta o aquella “acción”, es propio de quienes ignoran todo o casi todo del mercado de valores; entre los ignorantes, no hay “medias tintas”, sólo “el todo o nada” o el blanco o el negro.
Lo visto estos días, es reflejo de lo anterior: se va a acabar el mundo y en consecuencia, hay que vender. La otra posición es el extremo opuesto: “no pasa nada”, o “mañana todo seguirá igual”. Así, con esta nula capacidad analítica, jamás entenderemos qué pasó y menos por qué.
La situación creada por el pánico, ha permitido ver
a personas juiciosas —al menos nos lo parecían—, “perder los estribos”, ser presas del pánico y actuar sin la menor racionalidad. En la vida diaria, esto normalmente no acarrea consecuencias salvo el enojo del amigo pero, tratándose del mercado de valores, una conducta así produce pérdidas enormes las cuales encuentran su equivalente en quien sereno y con capacidad analítica, las traduce en pingües utilidades.
Nuestros funcionarios —y no pocos políticos— son practicantes sistemáticos de lo que señalo arriba; van del “nada nos afectará” o “México está blindado”, a los extremos opuestos.
Esta conducta no es fortuita, es resultado de decenios de ver a políticos que jamás aceptan limitación alguna o deficiencias y debilidades estructurales. México, dicen además, es único; para entenderlo, hay que crear un marco teórico especial porque, dada esa “unicidad” —formulada debidamente desde el punto de vista teórico— que nos han inculcado desde los años treinta del siglo pasado, ha surtido sus efectos.
De ahí que el triunfalismo haya marcado —desde hace años— el discurso del político que llega y una vez que se va, se mueve al extremo opuesto pues él, y sólo él, afirma categórico, fue capaz de gobernar bien, de conducir la nave a puerto seguro y elevar la calidad de vida de los mexicanos o como alguien dijo por ahí, “nosotros sí sabemos gobernar”.
Esto lo hemos visto desde hace unos veinte años, cuando los triunfadores son de un partido distinto al de los perdedores o como hoy, cuando los que están no se cansan de afirmar que los únicos tarugos y corruptos pertenecen al partido que gobernó antes de ellos. Con estas afirmaciones, buscan que el elector llegue a la conclusión obvia: Deben apoyarnos para que sigan gobernando los honrados y capaces que además, ¡qué coincidencia!, somos nosotros.
En unos días, las aguas tomarán su nivel y este episodio “bursátil” dejará algunas cicatrices; éstas se traducirán en tasas más elevadas, algunas derrotas electorales y para unos, pérdidas importantes. Para otros, éstas serán buenas utilidades. Si bien todo volverá a la normalidad, habrá por ahí una que otra anormalidad de la cual hablaremos en otra ocasión. Por lo pronto, a seguir tras la chuleta.
