Cirilas al volante

Piensan que porque son mujeres ningún hombre se va a bajar a darles en la jeta.

Queridas Cirilas del mundo mundial:

Ustedes bien saben que yo soy la principal defensora de nuestro querido género Ciriliano, pero en esta ocasión no tengo cómo ayudarnos. ¿Habrá algo más peligroso en el mundo que una Cirila al volante? ¡Sí! Una Cirila al volante de una camioneta. No sé qué demonios pasa, pero las Cirilas en troca son una amenaza para la sociedad. Los primeros en quejarse son los Cirilos, que si somos pésimas manejando, que si una mujer no debería tener permiso para manejar, que si bla bla bla, pero la realidad es que cada que alguien se me cierra, se me atraviesa, me bloquea el paso... 90% de las veces es una Cirila que me mira con desprecio como si su pend... fuera mi culpa, entonces me descubro pensando en mis adentros: “Tenía que ser vieja”. Y si viene en una camioneta, peor, pues el tamaño del automóvil es directamente proporcional a la cafrés de la Cirila. Lo peor del asunto es que por cada Cirilo quejándose de las Cirilas en camioneta, hay diez regalándole un trocononón a su mujer para que lleve a los chilpayates al colegio. En estos lugares es en donde se aglomeran la mayor cantidad de Cirilas motorizadas que, poseídas por su instinto materno, sacan las uñas y dientes si osas tocar el claxon para que se mueva de la tercera fila en la que está colocada parsimoniosamente mientras le da unas cuarenta bendiciones a su querubín.

El efecto “camioneta” en la mente de la Cirila es que, como se ve más grande que el resto y un poco al igual que los peceros, se vuelven agresivas y bitches totales, es decir, primero ellas y, el que se atreva a meterse, ¡lleva su mentada de madre!

El efecto camioneta es un síndrome de la Cirila de finales del siglo XX y de ahí pa’l real en el XXI, es como si un camionero las poseyera en el momento que le dan ignición al auto. Les vale madres, se colocan en dobles filas asumiendo que el mundo tiene que aguantar el tiempo que sea necesario, en lo que se bajan al cajero, a la tienda o mientras esperan que la niña salga de su clase de ballet. Se te cierran sin siquiera mirar a pedir perdón o pedir permiso y si de pura casualidad les dices algo, ¡Dios te agarre confesada! Si eres Cirila, también se encara un duelo de hormonas en el que la leona que más grite gana, desde una mentada de madre hasta que te digan cosas peores, como hace poco una Cirila verrugosa osó decirme, lo único que hice fue reírme...

Piensan que porque son mujeres ningún hombre se va a bajar a darles en la jeta, y debo contradecir esa estúpida teoría, pues he sabido de muchas viejas descontadas por hombres que son más patanes y no soportan a una loca al volante (no digo que esté bien, pero uno no sabe con qué clase de locos se encuentra en la calle y luego le tientan la cola al diablo... Pues así cómo).

Muchas Cirilas no se dan cuenta de que el ejemplo que le dan a sus hijos en la camioneta es fundamental, el síndrome o efecto “camioneta” es algo que hemos mamado de la teta de nuestra madre, que probablemente tuvo camioneta y permitía que los espíritus del mal se adueñaran de su cuerpo. No falta la Cirila que viene manejando, maquillándose, hablando por teléfono, callando a los chamacos y todavía le queda una mano para mentarle la madre al de al lado, entiendo eso de ser multitarea, pero ¡no abusen!, entonces la pequeña Cirilita queda con esa imagen de su madre Cirila convertida en Cruela de Vil y, al pasar del tiempo, tenemos una nueva Cruelita motorizada.

Así que, con el afán de vivir en una ciudad llena de Cirilas en camionetas un poco menos estresante, les pido, queridas Cirilas, que cuando prendan el carro no permitan que las posea el Chahuistle y se queden en la tierra de “existen más personas que yo” con todos nosotros, amén.

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