Bájenle a sus bravatas; quizás mañana tengan que tragarse sus palabras

- La reacción de los inversionistas pronto se sentirá en México donde, si bien hay elementos positivos, en otros aspectos hemos sido irresponsables.

El espectáculo de braveros de barriada que algunos ofrecen estos días con motivo de la turbulencia financiera generada por el temor –para algunos, sin sustento y para otros, exagerado– a una segunda recesión, me recordó el grito del borracho que perdido “en los humos del alcohol” grita retador: “No se me vengan en bola, nomás de quince en quince”.

Las bravatas —recurso fácil del político irresponsable— no se entienden y menos se justifican en quien sabe economía y pretende gobernar este país; en nada ayudan cuando lo que enfrentamos en materia económica y financiera, se complica día a día. Si bien nadie les pide inmolarse y aceptar que de darse una segunda recesión en Estados Unidos nuestra economía sufriría un golpe cuyos efectos no acertamos a medir, tampoco es aceptable caer en el otro extremo: bravatas y triunfalismo sin sustento.

Es lamentable, no obstante la presencia de una realidad que nos exige mesura, que muchos no se den cuenta de lo inútil y dañino que fue ayer y es hoy, “seguirle el rollo” al Presidente. Si bien es comprensible que él necesite presumir “su obra”, comparaciones absurdas como ésa de “haber construido más carreteras que Salinas y Zedillo” en nada lo ayudan, y en modo alguno es aceptable una conducta semejante en quienes aspiran a la Presidencia.

Mesura y planteamientos realistas sustentados en medidas viables junto con una visión clara de futuro que busque —difícil, mas no imposible— generar confianza e inyectar una pequeña dosis de credibilidad a un gobierno que hace mucho la dilapidó, es lo que nos deberían ofrecer quienes, braveros de cantina y/o adolescentes presumidos o no, se plantan sólo con pasado frente a una realidad que podría, si se descuidan, aplastarlos.

El más ridículo, el secretario de Economía, hace afirmaciones que además de exhibirlo como ignorante de la debilidad estructural de nuestra economía, dejan ver su servilismo.

El secretario de Hacienda, mesurado de entrada, pronto pierde la brújula y deja el micrófono al político aspirante que compara peras con manzanas; saca a relucir un indicador que ni con la mejor de las intenciones podría convencer a alguien de que México está mejor que Francia sólo porque el “riesgo país” de ésta es mayor que el nuestro.

El pasado —blindamos, decidimos, hicimos, etc.— es lo único que presentamos como “garantía” ante la amenaza recesiva o nuestras deficiencias estructurales; nada de futuro, sólo el pasado.

Las consecuencias de la reacción exagerada de los inversionistas —producto del pánico generado por un acuerdo que a nadie convenció más que del análisis objetivo—, pronto se sentirán en México donde, si bien hay elementos positivos en las alforjas, en otros aspectos (decisivos todos) hemos sido —como calificó el maestro Cordero a otros—, unos irresponsables.

Dejen ya lo electorero y el temor producto de la ignorancia, y hágannos propuestas serias que tengan que ver con el futuro. El pasado, déjenlo para el que se va; el futuro es para los que quieren llegar. El que quisiere ser, debería ver hacia adelante; de lo contrario, podría convertirse en estatua de sal lo que sería, al menos en un caso, muy lamentable.

A tirar lastre pues, y recuperar el tiempo perdido.

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