La guerra en los tiempos clásicos
En la Ilíada se narra el sangriento combate de falanges y la disposición que se hacía de los cadáveres, durante los enfrentamientos
(segunda parte)
El jefe lleva todas las armas y un enorme escudo. Cuando se baja para combatir a pie, prefiere las armas arrojadizas, arco, jabalina y hasta piedras, además usa daga y espada. Siguen al jefe la infantería pesada y la ligera, aquélla agrupada en la falange, y ésta formada de arqueros, honderos y escaramuzadores, los cuales frecuentemente eran esclavos. La falange homérica, poderosa en la defensa, era difícil de cohesionar y, a veces, indecisa en el ataque, donde a veces solía dispersarse y combatir cuerpo a cuerpo.
Homero se complace en describir los encuentros personales, principalmente entre los jefes, se deleita en describir sus armas, lo que le daba un recurso para resaltar las virtudes de los héroes. A veces, alguna deidad protectora atravesaba un escudo o paraba un golpe con su espada o desviaba al héroe o lo envolvía y lo transportaba en una nube.
Veamos un ejemplo en el duelo personal entre Héctor y Áyax, cuando Aquiles estaba molesto con Agamemnón y permanecía en las naves. En este pasaje se describen las armas que usaban ambos contendientes y las exequias que se esperaban al morir en combate, así como la intervención de los dioses.
“Para evitar que continuara el combate, Héctor corrió al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron quietas. Agamemnón contuvo a los aqueos; y Atenea y Apolo, transfigurados en buitres, se posaron en la alta encina del padre Zeus, que lleva la égida, y se deleitaban en contemplar a los guerreros, cuyas densas filas aparecían erizadas de escudos, cascos y lanzas. Los combatientes se sentaron en la llanura, y Héctor, puesto entre unos y otros, dijo:
—iOídme, teucros y aqueos, de hermosas grebas, os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! El excelso hijo de Cronos no ratificó nuestros juramentos, y seguirá causándonos males a unos y a otros, hasta que toméis la torreada llión o sucumbáis junto a las naves, que atraviesan el Ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos, aquel a quien el ánimo incite a combatir conmigo, adelántese y será campeón con el divino Héctor. Propongo lo siguiente y Zeus sea testigo: si aquél con su bronce de larga punta consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas a las cóncavas naves, y entregue mi cuerpo a los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban a la pira; y si yo le matare a él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas a la sagrada llión, las colgaré en el templo del flechador Apolo, y enviaré el cadáver a los navíos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo a orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres, atravesando el vinoso mar en un bajel de muchos órdenes de remos: ésa es Ia tumba de un varón que peleaba valerosamente y fue muerto en edad remota por el esclarecido Héctor. Así hablará, y mi gloria será eterna.
Áyax se puso la armadura de Iuciente bronce; y vestidas las armas, marchó tan animoso como el terrible Ares cuando se encamina al combate de los hombres a quienes el Cronida hace venir a la lucha por una discordia. Terrible se levantó Áyax, sonreía con torva faz, andaba a paso largo y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron grandemente, así que le vieron y un violento temblor se apoderó de los troyanos; al mismo Héctor le palpito el corazón en el pecho, pero ya no podía manifestar temor ni retirarse a su ejército, porque de él había partido la provocación.
Áyax se le acercó con su escudo como una torre, broncíneo, de siete pieles de buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio, el cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores. Este formó el versátil escudo con siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima, como octava capa, una lamina de bronce. Áyax Telamonio se paró con la rodela al pecho, muy cerca de Héctor, y amenazándole le dijo: iHéctor! Ahora sabrás claramente, cuáles adalides pueden presentar los dánaos. Empiece ya la lucha y el combate.
Después de pelear todo el día, con la intervención de los dioses para proteger a ambos contendientes, se suspendió el combate reconociéndose mutuamente su valor y destreza.
Héctor se dirigió a su contendiente: “iÁyax! Puesto que los dioses te han dado fuerza, valor y cordura, y en el manejo de la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la lucha, y otro día volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe, después de otorgar la victoria a quien quisiere. La noche comienza ya, y será bueno obedecerla. Así tú regocijarás, en las naves, a todos los aqueos y especialmente a tus amigos y compañeros. Yo alegraré, en la gran ciudad del rey Príamo, a los troyanos y a las troyanas, de floridos peplos, que habrán ido a los sagrados templos a orar por mí. Hagámonos magníficos regalos, para que digan aqueos y troyanos: Combatieron con terrible encono y se separaron por la amistad unidos”.
Cuando esto hubo dicho, entregó a Áyax una espada guarnecida con argénteos clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor. Áyax le regaló a Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura.
En la Ilíada se narra también el sangriento combate de falanges y la disposición que se hacía de los cadáveres.
“Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron apresuradamente en las tiendas, y en seguida tomaron las armas. También los troyanos se armaron dentro de la ciudad, y aunque eran menos, estaban dispuestos a combatir, obligados por la cruel necesidad de proteger a sus hijos y mujeres: abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y de los que peleaban en carros, y se produjo un gran tumulto.
“Cuando los dos ejércitos llegaron a juntarse, chocaron entre sí los escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran tumulto. Allí se oían los lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre.
“Ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde la plácida corriente del profundo Océano, cuando aqueos y troyanos se mezclaron unos con otros en la llanura. Difícil era reconocer a cada varón; pero lavaban con agua las manchas de sangre de los cadáveres y, derramando ardientes lágrimas, los subían a los carros.
“El gran Príamo no permitía que los troyanos lloraran; éstos, en silencio y con el corazón afligido, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron a la sacra Ilión. Del mismo modo, los aqueos, de hermosas grebas, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron a las cóncavas naves”.
La falange, cuyo verdadero desarrollo es posterior a Homero, aunque en su época se inicia, se formaba en grupo compacto con los lanceros pesados, que oponían una muralla de escudos. Pero no era una masa humana amontonada al azar, sino un organismo fuerte y nervioso. El educarla y manejarla con cierta prontitud, escogiendo cuidadosamente a los hombres que mejor podían -por hábito, amistad o parentesco- pelear codo con codo, colocando al frente a los novicios y en la retaguardia a los veteranos para que empujaran la maniobra, era el orgullo de los jefes.
Veamos un comentario de Néstor: “El principio de la falange es la fijeza de los puestos y de las filas. Su fatalidad en las marchas es la declinación a la izquierda, por el peso de los escudos que se cargaban con el brazo siniestro”. Se comprende que un elemento de esta complicación supone una disciplina desarrollada.
