Sicilia dejó estallar su volcán
La pataleta del poeta contra los Diputados respecto de la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional es desconcertante.
Como el Etna hace erupción en Sicilia pareció el estallido del poeta peregrino contra los diputados.
El poeta doliente insiste en que es inaplazable modificar el esquema con el que el gobierno federal ha emprendido la persecución de los delitos; sentencia que sacar al Ejército de sus cuarteles y habilitarlo para fungir de policía ha sido un peligroso error.
Ante el estado de emergencia que prevalece desde hace muchos meses en ciertas zonas, no se ha declarado formalmente la suspensión parcial-temporal de algunos derechos humanos en regiones por contingencia. Por ello deben regularse las misiones y las funciones de quienes puedan intervenir dentro del cajón de sastre de la “seguridad nacional”, incluidos los militares, si se precisa sigan aportando —provisionalmente— insumos y acciones en esta materia frente a particulares nacionales y/o extranjeros.
El poeta se irritó al enterarse de que los diputados aprobaron en lo general una Ley de Seguridad Nacional cuestionable en algunas de sus cláusulas, pero que todavía se puede corregir en parte si prevalece la interpretación “garantista” de los derechos humanos que —en las últimas semanas— se ha venido reforzando en el plano del ordenamiento jurídico. Iracundo, arremetió contra los 500 diputados y se negó a ingresar a San Lázaro a un encuentro previamente programado. Se dijo traicionado.
Sicilia venía propugnando la idea de imitar a Gandhi en la lucha pacífica contra la violencia desatada por las balas asesinas de los bandos enfrentados: los mandos oficiales y los cárteles del narcotráfico que han causado miles de víctimas. El endurecimiento de su discurso ya había incomodado a algunos sectores de sus simpatizantes, tanto de los militantes (que lo acompañan), como de los que lo admiran a la distancia. Sus críticos habían focalizado sus dudas a la legitimidad que lo empuja a erigirse en representante de la sociedad, y la picaresca había reparado en los detalles “chuscos” de su comportamiento y su imagen icónica: su sombrero que no se quita ni en lugares techados y sus abrigos sobrepuestos; especialmente los abrazos, besamanos y besamejillas a los políticos de gran importancia, a los que culpa artífices de los métodos que rechaza.
La pataleta de Javier Sicilia contra los diputados respecto de la aprobación en lo general de la Ley de Seguridad Nacional es desconcertante, porque lo hace empañar su liderazgo dialogante (pacificista) ante sus seguidores y lo pueden volver un estorbo, más que un vehículo de solución ante los legisladores; literalmente, convertirlo en una isla como la del Mediterráneo, de la que lleva su apellido.
*Especialista en derechos humanos
